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    15.11.2018 -    
Cómo explicarle la muerte a los niños
Ante el fallecimiento de un ser querido, los adultos perdemos certezas y nos inunda un mar de dudas.

Cómo explicarle la muerte a los niños

Cuando la muerte golpea a una familia uno de los puntos más difíciles de enfrentar es cómo decírselo a los chicos. Los adultos, responsables y supuestamente preparados, parecemos perder toda certeza a la hora de explicar a los niños la finitud de la vida si se trata de un caso cercano.


Para saber cómo actuar en estos casos, consultamos a la doctora Verónica Becerra, miembro del Comité de Cuidados Críticos de la Sociedad Argentina de Pediatría, especialista en terapia intensiva pediátrica y en psiquiatría infanto juvenil.


“La muerte es un hecho concreto y real que constituye una etapa de la vida. Sin embargo, transitamos ignorando que en algún momento, inevitablemente, presenciaremos la muerte de nuestros seres queridos, e incluso la propia”, aseguró la médica. En ese sentido, añadió que “el fallecimiento genera en nuestra psiquis una experiencia de altísimo impacto y dolor. En la pérdida de un ser querido duele el pasado, el presente y el futuro. En ninguna otra situación como en el duelo el dolor producido es total; biológico (duele el cuerpo), psicológico (duele la personalidad), familiar (nos duele el dolor de otros) y espiritual (duele el alma)”.


En lo que se refiere a los niños, Becerra destacó que “aunque resulte difícil y doloroso es muy importante informarles lo sucedido lo antes posible. Buscar un momento y espacio adecuado para explicar lo ocurrido con palabras sencillas y sinceras: ‘Ha ocurrido algo muy triste… abuela ha estado enferma durante mucho tiempo y ha muerto, ya no estará más con nosotros’”, por ejemplo.


La especialista resaltó que toda afirmación dependerá de la edad del niño: “Más allá de la causa, siempre es mejor explicarle cómo fue y responder a sus preguntas de acuerdo a su edad, dado que el concepto de muerte es diferente según las edades”. Becerra lo dividió así:


- De uno a tres años: en niños de esta edad la muerte equivale a partir. Es vivida como un abandono y representa una amenaza a la seguridad. Percibe la pérdida, sufre y pone los sentimientos en la separación, pero no puede comprender el significado real de la muerte.


- De cuatro a cinco años: el pensamiento mágico es una característica importante en esta etapa. Los niños tienen una comprensión y concepto limitado de la muerte. Significa que cuando alguien muere, el niño espera que la persona muerta vuelva a la vida. En su mente, la persona que ha muerto sigue comiendo, respirando y existiendo y se despertará en algún momento para volver a vivir.


El niño puede aceptar la noticia de la muerte con realidad y hablar de ella o de la persona muerta de la misma forma que habla de un compañero de la escuela con quien juega en el recreo. A los cuatro y cinco años, los niños piensan que morir no es definitivo y que las personas mayores, principalmente los padres, pueden protegerlos contra cualquier peligro, incluida la muerte.


Para demostrar su creciente necesidad de ser protegido, los niños en estado de duelo, pueden sufrir un retroceso de conductas que previamente dominaban, como hacerse pis en la cama, pedir la mamadera o usar nuevamente el chupete. Los niños de estas edades se toman todo literalmente; es mejor decir que ha muerto, a usar expresiones como ‘se ha ido’ o ‘lo hemos perdido’. Estas expresiones pueden alimentar su miedo a morir o a ser abandonados, crear más ansiedad y confusión. Para que el niño entienda qué es la muerte, suele ser útil hacer referencia a momentos de la vida cotidiana donde la muerte está presente. Por ejemplo, la muerte de una mascota.


- De seis a nueve años: los niños en la etapa escolar son más conscientes de una muerte próxima de lo que se imaginan los adultos. Aunque un niño de seis años perciba la muerte de una forma bastante distinta a uno de nueve, ambos comparten la necesidad básica para conceptualizar el hecho de la muerte. Hay dos cambios importantes en el desarrollo que hacen que los niños de estas edades sean un grupo único. En primer lugar, los niños de seis y nueve años distinguen la fantasía de la realidad. Y, en segundo lugar, pueden experimentar un sentimiento de culpa. El hecho de que los niños de estas edades tengan adquirida la habilidad de comprender la muerte y sus consecuencias, no significa que estén preparados para reaccionar racionalmente. La muerte de un ser querido constituye un trauma que pone seriamente a prueba su capacidad y recursos para afrontarla.


- De diez a doce años: se está más cerca del pensamiento abstracto, se logra un concepto de la muerte como algo irreversible, universal y final. Pero todavía se la ve como algo lejano. Se la comprende dentro de un proceso biológico. El conocimiento maduro del concepto de muerte depende de las habilidades cognitivas del niño, así como de las actitudes de sus padres frente a la muerte. A partir de ese momento la concepción infantil es semejante a la del adulto.


Lo que se debe y no se debe hacer frente al duelo de un niño

Becerra recordó las “normas de oro” de Fonnegra de Jaramillo para disminuir el efecto traumático que pudiera desencadenar la noticia:


● Es esencial no mentir, contestar las preguntas con sinceridad y si no se tienen respuestas, no temer confesarlo.

● Nunca decir algo de lo cual haya que retractarse más tarde. El niño después preguntará por qué le contó que una persona muerta se convertía, por ejemplo, en un ángel.

● Dosificar la información. Se debe explicar la muerte con verdades parciales de acuerdo a la edad cronológica, intelectual y emocional del niño, evaluando lo que él puede asimilar y necesita saber.

● Hablar de la muerte antes que el niño se vea emocionalmente involucrado en una situación de duelo. Aprovechar oportunidades: al pasar frente a un cementerio, con el canario que se muere, con la flor que se marchita.

● No delegar la explicación en un familiar o un tercero. Los padres, mejor que nadie, conocen a sus hijos y saben calibrar el impacto.

● No asociar la muerte con el sueño, ya que puede derivar en trastornos para dormir, o con un viaje que encierra una situación de abandono. El niño además debe aprender a distinguir entre una dolencia leve y pasajera y aquella que sí lleva a la muerte.

● No esconder el dolor propio ni encerrarse en el baño a llorar. Hay que mostrarle que también somos vulnerables y es legítimo compartir la tristeza.

● Se le debe dar la oportunidad al niño de hablar de la persona que murió y decir su tristeza.

● Usar la palabra muerte y eliminar eufemismos. La muerte debe ser un fin natural y no una fuente de temores y angustias.

● Reforzar la irreversibilidad de la muerte y no dar pie a falsas expectativas de retorno.


Cuando un niño atraviesa la muerte de un ser cercano, “si no hay una adecuada elaboración del duelo, puede sufrir trastornos somáticos y psicológicos. Es fundamental, más allá que la familia se encuentre atravesada por el dolor, otorgar al niño, solidez, protección y acompañamiento”, dijo la médica. En ese sentido, recomendó: “La participación del pediatra de cabecera en este contexto es muy importante, dado que es quien brinda apoyo al niño y su familia durante su crecimiento. En situaciones en las cuales las manifestaciones del duelo progresan a síntomas crónicos que impiden al niño afrontar la pérdida, es necesario la intervención de un especialista”.


La pediatra destacó que “los niños viven emociones intensas tras la pérdida de una persona amada. Si la familia acepta estos sentimientos, los expresarán fácilmente y esto les ayudará a vivir de manera adecuada la separación. Frases como ‘no llores’ o ‘no estés triste’, pueden interrumpir la expresión de las emociones e impedir que se desahogue. Permitirse estar cerca, sentarse a su lado, abrazarlo, escucharlo, y llorar frente a él lo habilita también a manifestarse y llorar”.


Hay un punto central para los chicos que deben enfrentarse a la muerte de un ser querido: volver a la rutina. “Lo que más ayuda a los niños frente a las pérdidas es recuperar el ritmo cotidiano de sus actividades: el colegio, sus amigos, los deportes, los juegos familiares. Es positivo garantizarle el máximo de estabilidad posible y asegurarle que vamos a seguir amando a la persona fallecida, a quien nunca olvidaremos”, concluyó la médica.

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