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    26.12.2018 -    
El arte de la paciencia: cómo se doman los mejores caballos de polo del mundo
El primer paso es conocer y conectar con el animal. Luego, sin apurarlos, se les enseñan las órdenes para doblar, frenar y retroceder.

El arte de la paciencia: cómo se doman los mejores caballos de polo del mundo

El camino para que un caballo o una yegua de polo corra a más de 55 kilómetros por hora en un chukker decisivo en el Abierto de Palermo a veces comienza con una caricia. Lo primero que tiene que lograr un domador, cuando el animal tiene dos o tres años, es vencer el miedo y la desconfianza hacia un extraño. Y para eso hay que conectar.


““Los caballos son todos distintos, como las personas, pero con la diferencia que no te pueden decir lo que les pasa, porque no hablan. Cuando vienen chúcaros -nunca los montaron- lo primero es vencer ese miedo, acercarse y acariciarlos para empezar a construir un vínculo”, le explica a Clarín Rural Joaquín López, que aprendió a domar caballos de polo con “Polito” Ulloa y ahora trabaja con más de 45 animales por año en Colón, provincia de Buenos Aires.

Desde su centro de doma de Villa Mercedes (San Luis), Ariel Bonilla, que domó su primer caballo a los 14 años, lo cuenta desde un perspectiva casi lingüística. “La primera etapa es amansarlo para que esté dócil, pero en realidad siento que uno comienza a enseñarle un idioma, un lenguaje con el que se va a comunicar con el jugador, y es fundamental ser simple y claro”, resume.


Este primer proceso de doma, porque después la yegua o el caballo siguen “entrenando” varios años con el petisero del jugador, lleva más o menos un año. Algunos dividen el trabajo en cuatro etapas y otros en cinco o seis, con espacios de descanso para el caballo.


Javier López doma unos 45 caballos por año en Colón, en la provincia de Buenos Aires.


Una vez que se logra vencer la resistencia inicial, se comienza a trabajar en el corral redondo para que aprenda a obedecer las primeras órdenes: doblar, frenar, retroceder. De a poco, se lo hace ir al tranco, al trote y al galope.


“El objetivo es que tome confianza y que acepte la embocadura y la montura; lo que usamos para comunicarnos con él. La paciencia es fundamental y no hay que apurarlo o intentar saltarse etapas porque el animal se puede empacar o bloquear”, explica Bonilla.


Cuando el animal está listo, se lo saca a campo abierto, donde vuelven a repasar cada movimiento. Hay domadores que trabajan un mes y medio con el animal, y luego lo dejan descansar el mismo tiempo. Otros prefieren organizar la doma en forma mensual; es decir, un mes de trabajo y un mes de descanso para el caballo.


Lopez junto a "Polito" Ulloa, quien le enseñó el oficio, en una Rural de Palermo en la que él ganó el primer premio por el caballo y su "maestro" por una yegua.


La genética de la raza Polo Argentina aporta muchas ventajas. “Suelen ser hijos de yeguas o caballos campeones, pero como cada animal es distinto hay que ir descubriendo su habilidad, su sensibilidad y sus fortalezas para que pueda expresar todo su potencial”, indica López.


Cuando se empieza a trabajar con el animal a campo abierto, los domadores procuran que aprenda a equilibrarse y a llevar bien el peso. Y en el proceso de la doma, vuelven al corral redondo para repasar e ir aprendiendo otras habilidades, como la reculada, la parada y los círculos.


Bonilla junto a su familia y equipo en la Rural de Palermo, con uno de sus caballos premiados.


En las etapas que siguen, lo que va haciendo el domador es que el caballo pueda ir haciendo todo esto a mayor ritmo y velocidad. “Una cosa que me parece muy importante es que sea un animal relajado, que no anticipe las órdenes y se acelere”, destaca Bonilla, que aprendió el arte de la doma de su padre.


El proceso de la doma termina en un año y lo que sigue es la “hechura”, que puede llevar unos 3 años más. Es el momento en el que el “petisero” y el propio jugador le van enseñando a trabajar en “yunta” para taquear y hacer los goles que pueden definir un abierto.

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