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 Sábado 12 de enero de 2019                344
    12.01.2019 -    
Chamanismo, narración oral y rituales: el día a día de una “mujer medicina” que vive en las sierras cordobesas
Por fuera de las costumbres occidentales, algunos rituales asociados a poblaciones prehispanicas y milenarias resurgen. Flavia Carrión es una antropóloga que decidió volcarse a la investigación y práctica del chamanismo.

Chamanismo, narración oral y rituales: el día a día de una “mujer medicina” que vive en las sierras cordobesas

"Maestra", “medicine woman”, "chamana", "machi" (en mapuche), "yatiri" (en aymara). Las formas de designar a una mujer que intenta llevar la conexión espiritual a la vida diaria son múltiples en todas las lenguas. ¿Bruja? ¿Curandera? ¿Sacerdotisa? Los nombres son legión.


En sus cursos Flavia Carrión (52) toca el tambor, formula oraciones espontáneas, realiza limpiezas energéticas con maracas y copal, busca animales de poder, entona canciones, narra historias nativas en la biblioteca de su pueblo, instruye sobre propiedades de piedras y plantas medicinales. Además, investiga incansablemente sobre la función de los sueños en la salud humana y viaja por varios puntos del país impartiendo talleres, armonizaciones y rituales. Como buena nativa del signo de Virgo, es experta en rituales.


Pero antes de esto, hubo otra vida, y hubo un punto de quiebre. (Para algunas cosmovisiones ancestrales, las muertes y renacimientos dentro de una misma biografía son dignas de celebrar.) Carrión también es antropóloga y ex arqueóloga, una occidental con todas las letras. Trabajó en proyectos de investigación con las poblaciones más antiguas del país hasta que en determinado momento (alrededor de sus 30) sintió que el ambiente académico no era su lugar y que lo que ella necesitaba hacer era compartir estas vivencias de los pueblos ancestrales sobre la salud, la espiritualidad y la relación con la Tierra.


Viajó para formarse con los cherokees (nativo americanos), con chamanes siberianos y zulúes (África); vivió con sus dos hijas cuatro años en La Poma (Salta), compartiendo los saberes de la comunidad aymara.


“La experiencia más fuerte vino a partir de los pueblos a los que me tocaba investigar. Porque yo sentía que les debía información a las personas que vivían en esos lugares, hacíamos investigaciones y sacábamos material para analizar, pero no estábamos aprendiendo de ellos. Entonces me puse a pensar que los humanos tenemos una conexión tan profunda con lo trascendente, y que la perdemos, a la vez, con facilidad. ¿Cómo podemos darle continuidad a esa conexión?” A eso dedicó su vida en los últimos 15 años.


Viajó para formarse con los cherokees (nativo americanos), con chamanes siberianos y zulúes (África); vivió con sus dos hijas cuatro años en La Poma (Salta), compartiendo los saberes de la comunidad aymara. “En algún momento de ese recorrido empecé a integrar todo lo que había aprendido porque sentía que todos estaban mostrando aspectos diferentes de una misma espiritualidad. Mi idea fue diseñar herramientas que pudiéramos aplicar en la actualidad para conectar con lo sagrado universal”.

¿Y el lugar del chamán? Podemos arriesgar respuestas: intermediario entre el mundo de los espíritus y la materia, curador de almas, interpretador de sueños, punto de equilibro del ecosistema en diálogo permanente con el fuego, el aire, el agua, la tierra. “El lugar del chaman en la comunidad urbana actual es lejano y a veces idealizado. Las personas que me enseñaron ceremonias o prácticas ancestrales eran mis vecinas, eran las personas con las que yo comía los domingos, o que participaban en las fiestas patronales. Esta imagen del chamán, vestido de chamán, en un lugar especial tiene que ver con la fantasía que tenemos los occidentales. En las culturas que viven inmersas en la naturaleza eso no es así, las prácticas chamánicas están integradas a lo cotidiano, y lo que uno más puede encontrar ahí son experiencias de contacto con la naturaleza y sus desafíos”.


Para bajar esa experiencia a la tierra le pedí a Flavia Carrión que me enviara un relato de cómo transcurre su vida en La Paz (Traslasierra, Córdoba), al pie de los cerros y junto a su compañero de ruta, el terapeuta holístico Jaime San Martín.


Los días circulares

Nuestra vida aquí está marcada por la circularidad, tanto del tiempo como del espacio. El día comienza con la salida del sol, pero es una continuidad de sonidos y sensaciones con la noche anterior.


El verano literalmente es aquí una explosión de hojas y animales de todo tipo saliendo de cada escondrijo y celebrando la vida.


Soy de despertarme en mitad de la noche solo para quedarme mirando y respirando esa profundidad de grillos y estrellas. Vuelvo a la cama y me despierta la salida del sol.


Aquí, obviamente, se siente muy fuerte la presencia de la Naturaleza, sus ciclos y sus criaturas, impregnándolo todo. Fijate que desde donde te escribo esto solo veo mucho verde y algo de cielo, y cada tanto pasa corriendo una liebre o un colibrí se detiene a mirarme desde el otro lado de la ventana. Es emocionante y bellísimo.




El verano literalmente es aquí una explosión de hojas y animales de todo tipo saliendo de cada escondrijo y celebrando la vida. Cada estación tiene lo suyo, claro. Todas son únicas e irrepetibles, como cada instante vivido en este paraíso.

 

Algo que me encantaría poder transmitir son los aromas. Es extraordinaria la intensidad y diversidad de fragancias, un poco por las plantas aromáticas -que son legión-, un poco porque -según nos dijeron- este es el lugar con mas ozono del planeta. Lo cierto es que respirar aquí es tomar medicina.


Con Jaime hace ya mas de cinco años que vivimos juntos y las prácticas de espiritualidad natural son parte de nuestro cotidiano, pero aquí tomaron nueva dimensión.


Usualmente, despues de contarnos los sueños de la noche anterior, abrimos el día con una ceremonia de agradecimiento al Gran Misterio, a la naturaleza y todas sus energías, y hacemos un buen sahumado [quema de hierbas o resina en un recipiente con carbón vegetal] de inicio, proponiendo al día lo que necesitamos hacer.


Muchas veces, en mi caso la tarea cotidiana consiste en escribir notas, responder mails y dar sesiones online. Rodeados de monte frondoso donde vuelan mariposas casi todo el tiempo y se puede ver la sierra con sus colores y relieves imponentes.


Durante la mañana siempre toca alguna práctica de la rueda medicina [técnica espiritual nativoamericana que se realiza con piedras] o de algún otro proyecto espiritual que estemos transitando.




Esto implica que a lo largo del día siempre hay un momento para tocar tambores y conectar con nuestros animales de poder, maestros o guías espirituales. En general vamos al arroyo a hacer esto. Un arroyo que pasa justo detrás de casa. Si nos lo pide el cuerpo, hacemos ejercicios de chi kung o tensegridad en el terreno del fondo. Otros días nos sentimos mas aventureros y entonces exploramos alguno de los infinitos senderos que conducen a las sierras.


Es increíble, son muchos, y cada uno con sus magias y misterios, con sus yuyitos nuevos y rincones asombrosos.


Una tarea central de cada día es la huerta. Son mis hermanitas vegetales y las amo. El huerto es completamente orgánico, así que gran parte de los desafíos pasan por cuidar que todas crezcan saludables (sin necesidad de ningún producto industrial).


Hace muchos años que hago huerta de esta manera así que tengo algunos truquitos, como no alinear los cultivos o aprovechar las propiedades de ciertas plantas para proteger a otras. No soy ninguna experta, ni estudié esto en ningún lado. Siento que todas las personas tenemos este conocimiento en nuestro interior y solo se trata de recordarlo. Cuando te ponés en la situación de estar inmersa en un ecosistema como este, la información que necesitás saber brota, y tu instinto te conduce a hacer las cosas de tal manera que todo vibre en armonía.


El instinto te lleva a saber, por ejemplo, cuando se viene una de esas tremendas tormentas que suelen caer por aquí y tomar los recaudos necesarios. Pero la Madre Tierra nos ha regalado por esta zona unos preciosos algarrobos que parecen abuelitos guardianes, extendiendo sus ramas sobre la huerta y la casa, amortiguando el granizo o la lluvia torrencial.


Dependiendo de la época del ciclo lunar, a veces toca cosechar en el huerto de plantas medicinales. Las seco a la manera tradicional -al sol- y luego van a frasquitos. Muchas de ellas las tomamos con el mate, pero es grande la producción así que cuando viajo a la ciudad llevo de regalo. Tengo mentas de varias clases, matico, poleo, salvia. Es fantástica y riquísima esta tierra.


Formula oraciones espontáneas, realiza limpiezas energéticas con maracas y copal, busca animales de poder, entona canciones, narra historias nativas en la biblioteca de su pueblo, instruye sobre propiedades de piedras y plantas medicinales.


Hace poco me preguntaban "¿Pero, no es mas fácil ser espiritual en las montañas?", y la verdad es que he vivido otras épocas en lugares salvajes, en sitios alejados de la ciudad, y te puedo asegurar que llevamos a nuestros demonios internos dondequiera que vamos.


La naturaleza no te hace mas fácil las cosas, te las intensifica. Si estás enroscado, te enrosca más. Si estás en equilibrio, te ayuda a mantenerlo.


Porque la naturaleza es sencillamente una expresión visible de lo que somos los seres humanos: una totalidad orgánica, donde cada conciencia está conectada por hilos invisibles una con otra, generando un gran concierto universal. Y si resistís la conexión, el hilo se irrita, duele, y uno empieza a actuar de maneras disonantes.


Ninguno de nosotros está ajeno a eso, así que procuramos en casa, desde hace tiempo ya, utilizar el anochecer como el momento de bajar un cambio y mirar hacia adentro, como hace la Tierra. Cuando oscurece afuera, nos permitimos fluir interiormente hacia otro estado a través del arte. Jaime pinta algún mandala o alguna otra cosa, y a mi me llama mas cantar o cocinar. Bueno, la verdad, ambas cosas a la vez.


La noche llega como se fue: con mucha paz. Y trae hermosos sueños que compartiremos a la mañana siguiente. Y así circulan los días.

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