Junín, Miércoles, 21 Agosto 2019  |  07:32 hs.
 Martes 13 de agosto de 2019                195
    13.08.2019 -    
Guía para entender a tu hijo adolescente (y convivir en paz)
La adolescencia no es un período que se caracterice por la empatía con los padres. Cómo transitar esta etapa.

Guía para entender a tu hijo adolescente (y convivir en paz)

-¡Joaco, hoy vamos a comer a lo de los tíos!


-Sí, qué bueno, me encanta cómo cocina la tía.


Joaco tiene tres años y la pasa genial con sus padres y además la tía hace las mejores milanesas del mundo.


-Joaco, el domingo vamos al teatro con Tommy y la mamá.


-¡Sí! ¿Podemos comprar pochoclo para comer ahí?


Joaco tiene 5 años y el teatro con familia y amigos es un programa fabuloso.


-Joaco, dice papi que te apures que ya te pasa a buscar para ir a la cancha.


-Dale, ya me visto y estoy.


Joaco tiene 11 años y uno de los momentos mágicos es esperar que gane su equipo en la tribuna de su club con su padre al lado.


-Joaco, el finde vamos con mamá a la quinta, ¿te prendés? Invitá a un amigo si quieres.


-No, pa gracias, me quedo acá, armo algo con los chicos, ¿puedo poner la casa?


Joaco ya creció, tiene 15 años y lo interesante empieza a pasar fuera de la órbita de papá y mamá.


***


Recordemos algo esencial, el camino saludable del crecimiento es el que va de la endogamia a la exogamia (endo dentro, exo afuera, gamia –familia).


En los primeros años de vida, si las cosas están en eje dentro de lo familiar, los paseos y programas con familia, padres, tíos y abuelos son necesarios, esperados y de lo más placentero que pueda experimentar un niño. Cine, jugar en la plaza, todo es maravilloso.


A medida que crecen, saludablemente lo interesante empieza a suceder por fuera de lo familiar. Los amigos, los primeros amores, el descubrir nuevos mundos, ir solos al colegio, volver, las primeras salidas cuando ya está oscuro y es de noche, el primer beso, ir sin adultos al cine, y así sigue la lista.


Vacaciones con los padres son geniales hasta que empiezan a tener posibilidades de hacerlas con sus amigos.


Mi hijo Santi, frente a mi propuesta de un (a mi criterio) muy interesante viaje hace un año, me respondió, serio y preocupado por mi reacción: "No te enojes, pero este año me voy con los chicos a la playa y después quiero quedarme acá".


Y entendí, no me enojé, sí me dio pena por mi deseo de viajar con él, pero está creciendo, las alas ya baten fuerte y así es la historia.


El desafío para nosotros los padres es entender que esto no tiene que ver con nosotros, o mejor dicho sí, pero desde otro lugar.


Paula, la protagonista de la maravillosa película francesa “La Familia Belier” le dice a su madre en una discusión originada en su decisión de dejar la casa de origen “Vos pensás que me voy porque son los peores padres que pude haber tenido. Al contrario, los dejo porque son los mejores que me pudieron haber tocado, porque me dieron lo necesario para volar…” Maravilloso, y de eso se trata.


El lugar que ocupamos los padres para ellos va cambiando a medida que crecen, y nada tiene que ver con el amor. O quizás sí, porque nos aman, y los amamos, tenemos que gestionar la relación de maneras distintas.


Lo que antes les parecía maravilloso de nuestras “habilidades y virtudes” hoy los espanta.


Un paciente me contaba que su hija esperaba todas las noches que el agarrara la guitarra y cantara para sentarse a su lado. Hoy la niña tiene 16 años y cuando su padre desenfunda el instrumento camina sigilosa para su cuarto. Otros tiempos, otros intereses, el mismo amor.


Entenderlo puede ser la diferencia entre una relación armoniosa con nuestros hijos adolescentes o un martirio insostenible de angustias y tensiones no gestionadas.


En la adolescencia, lo interesante empieza a suceder fuera del ámbito familiar.


La adolescencia no es una enfermedad

La adolescencia no es una enfermedad. Es un tránsito desde la niñez hacia el mundo adulto, un tránsito complejo, vertiginoso a menudo, con curvas peligrosas, pendientes, un camino escarpado, claro que sí.


Repleto de lugares desconocidos, y como todo lo desconocido asusta, y mucho.


Los adolescentes no son apáticos, no son mudos, no están metidos para adentro, dicen y hablan con quién ellos quieren y cuando quieren. No es como nosotros los adultos quisiéramos, tienen su propia manera. La ropa de grande les queda aún grande y la de niños les queda pequeña. Y deben pisotear amorosamente nuestras cabezas para crecer.


La adolescencia se trata de ir graduando intensidades emocionales, ecualizando la vida, ni más ni menos. Es descubrir, es buscar el límite, desafiarlo. Es cuestionar los emblemas a los que los niños se aferran para crecer. Es derribar a los padres, para poder volver a estar junto a ellos desde otro lugar. Y cómo todo tránsito, puede ser un viaje hermoso o repleto de turbulencias.


Y depende una vez más, del piloto ¿Dónde está el piloto?


¿Adivinan?


Los pilotos somos, claro está, los padres. Quiero decir: si damos señales claras para la navegación, si somos a la vez también la torre de control y dejamos que ellos despeguen, cobren vuelo y vayan a la aventura. Si permitimos la autonomía indispensable sin dejar de restringir los riesgos que atentan contra la integridad de la nave (o sea, ellos mismos). Si hacemos todo esto medianamente bien, el pasaje por la adolescencia pueden ser mágico.


Una vez más digo: tenemos que estar lo suficientemente cerca para cuidarlos y lejos para no asfixiarlos. Si habilitamos lo preciso para que experimenten, si permitimos que sufran y gestionen sus emociones, entonces todo será posible.


Digo, y cada vez más preocupado, los jóvenes dicen sentirse muy solos respecto a los adultos. Reclaman padres. Sencillo, contundente y terrible. Padres que pongan el cuero y el cuore. Padres que no negocien lo innegociable, que pongan límites, que marquen camino.


El arte de hablar con un hijo adolescente

Los adolescentes no hablan cuando los padres queremos. Lo hacen cuando ellos lo deciden. No soportan los discursos interminables (y lo bien que hacen), entonces, seamos concisos y precisos en el decir.


Tienen un especial sensor para detectar nuestras contradicciones y nuestros quiebres en el discurso.


Mi hijo menor suele decirme "escuchame" cuando estoy en modo multitask. Y si no percibe que tengo la plena atención en lo que me dice repite enfáticamente: “Escúchame por favor”. Y ese énfasis me vuelve al eje, me descentra de mi ensimismamiento y me conecta con la situación que él propone y precisa.


Y eso es, los hijos proponen y precisan de nosotros, ni más ni menos.


Y a menudo, porque los padres somos también seres humanos, nos corremos del punto en el que tenemos que estar parados como padres, y si no entendemos las señales que nos dan, dejamos puertas abiertas para que busquen afuera y en las "muletas del crecer" lo que no encuentran en nosotros.


¿Es claro no?


Si no estamos a la altura de las circunstancias los dejamos sencillamente solos, con todo el riesgo que eso implica.


Podemos aprender mucho de ellos si bajamos nuestras varas de exigencias.


Muchas veces sobredimensionamos situaciones que son en la perspectiva del corto plazo, más que menores.


En la puerta de calle del consultorio la madre furiosa me cuenta: "¿A vos te parece? Se quedó 20 minutos jugando al metegol el club. Llegó tarde al entrenamiento de hockey. El finde no sale”. Intervengo: "Es una nena de 13 años, no miró el reloj, se entretuvo. ¿No es grave, no? Es mucho más serio tu enojo que lo que sucedió. Ya se encargará el entrenador de establecer consecuencias. Relajá". La pequeña apoyada en la pared escuchaba atenta y respira aliviada: nada grave había sucedido.


"La adolescencia es derribar a los padres para poder volver a estar junto a ellos desde otro lugar", dice Schujman.


Propongo que hagamos el siguiente ejercicio.


Cerremos los ojos, vayamos 15, 20, 30 años para atrás y recordemos cuando los que estábamos transitando la adolescencia éramos nosotros.


Recuerdo, con mis 15 años, instalado en el teléfono fijo del hall de entrada de mi casa, hablando horas y horas con mi noviecita.


Mi papá, cansado de todo el día de trabajo gritaba, desde la planta alta: "¡¡¡Ale, el teléfono!!!" Era la única vía de comunicación (claro está, no había redes sociales ni nada que se pareciera) y yo no era el ombligo del mundo. Pero no lo sabía, o mejor dicho, no lo registraba.


La adolescencia no es un período que se caracterice por la empatía con los padres, y no tiene que ver con el amor.


Está en relación con que toda la energía está puesta en crecer y diferenciarse del mundo familiar, entonces en ese entonces, yo me aferraba al teléfono de línea como hoy los chicos a los monitores.


Recordemos nuestros años de adolescentes y podremos entender mucho de lo que a nuestros hijos les sucede.


Haré una formulación arriesgada pero lo hago convencido. Disfrutemos de nuestros hijos adolescentes, pongamos ternura en situaciones en las que habitualmente nos enfurecemos. Entendamos que son pequeños chihuahuas disfrazados de rottweiler.


Están tratando de crecer y nos precisan allí: “Cerca para cuidarlos y lejos para no asfixiarlos”. No seamos pares, seamos padres, y demos lo que ellos precisan: tiempo, flexibilidad, amor, y límites.


Con esos ingredientes, les aseguro, no puede fallar. Los hijos no huyen, solo vuelan y allí nos precisan.


*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y Herramientas para padres.

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