
Guillermo Vilas es, en su esencia más pura, el hijo pródigo de la costa bonaerense. Llevó consigo la paciencia inquebrantable del pescador y la furia contenida del Atlántico, una mezcla de calma y tormenta que le pertenecía exclusivamente a él.
En las canchas del Club Náutico de Mar del Plata comenzó a gestarse una revolución silenciosa. A los cinco años, su padre, José Roque Vilas, le puso una raqueta en las manos. Mientras otros chicos jugaban en la arena, Guillermo pasaba horas castigando una pelota contra la pared.
Lo que ese chico no sabía era que cada golpe estaba derribando una barrera cultural inmensa en la Argentina. Antes de su aparición, el tenis era un satélite lejano, un pasatiempo de clubes tradicionales reservado para unos pocos. Hasta que llegó Vilas. Con él, la raqueta bajó a la calle.
Su salto no se dio solo por su prodigiosa zurda, sino por una voluntad extraordinaria. A los once años, de la mano de su entrenador Felipe Locicero, forjó un lema que se convertiría en su dogma: quería ser una máquina de jugar al tenis. En una época donde el profesionalismo deportivo aún estaba en pañales, Vilas fue un adelantado. Entendió que el talento sin disciplina es una promesa vacía. Cuidó su físico, estudió la biomecánica, analizó a sus rivales y moldeó su psicología para la guerra deportiva.
El salto al mundo lo puso cara a cara con monstruos sagrados de los años setenta. Jimmy Connors, Ilie Nastase, John Newcombe, Rod Laver y, por supuesto, su antítesis y mayor desafío: el sueco Björn Borg.
Borg era el hielo y la perfección técnica; Vilas era el fuego, la resistencia y el sudor inagotable. En el fondo de la cancha, el argentino popularizó el topspin, un golpe con efecto que redefinió para siempre el tenis sobre polvo de ladrillo. Sus intercambios eternos llevaban a los rivales a la asfixia física y mental.
Vilas cambió la imagen del deporte nacional. Compartió las portadas de los diarios con futbolistas y boxeadores. Por primera vez, un tenista era un ídolo de masas.
Las estadísticas alcanzan para dimensionar su grandeza, pero a veces se quedan cortas. El año 1977 fue la obra cumbre de Guillermo Vilas. Disputó 31 torneos, levantó 16 títulos, sumó 130 victorias y enhebró un récord inhumano de 46 triunfos consecutivos. Conquistó Roland Garros y el Abierto de Estados Unidos, pisoteando a los mejores del globo.
Aunque los despachos y los algoritmos del ranking ATP le negaran oficialmente el número uno del mundo —una injusticia estadística que aún hoy genera debates y reclamos históricos—, el veredicto de la calle ya estaba dado. Vilas era el monarca indiscutido de su era. A lo largo de su carrera acumuló 62 títulos ATP, una cifra que en la historia argentina lo deja en absoluta soledad (lo siguen Gabriela Sabatini con 27, José Luis Clerc con 25 y Juan Martín del Potro con 22).
Detrás de la vincha, la melena rebelde y los músculos de acero, había un hombre de una profundidad inusual. Escribía poesía, componía música y buscaba entender el mundo más allá de las líneas del court. Su histórica amistad con Luis Alberto Spinetta unió dos universos aparentemente irreconciliables. Juntos dejaron una huella cultural, e incluso Vilas llegó a grabar tres discos de estudio, incursionando desde el rock y el blues hasta el house.
Sin embargo, el destino le guardó un puñado de heridas. La mayor de ellas con la camiseta argentina. En 1981, junto a José Luis Clerc, llevó al país a su primera final de Copa Davis frente al Estados Unidos de John McEnroe. La derrota por 3 a 1 en Cincinnati fue un golpe duro, pero demostró que Argentina podía mirar a los ojos a las potencias mundiales.
La cicatriz que nunca terminó de cerrar fue otra: el traje de capitán de Copa Davis que la dirigencia deportiva le negó durante décadas. “Hace casi veinte años que me pasa lo mismo”, confesó con amargura tiempo atrás. No era un cargo lo que reclamaba, era el reconocimiento de su propia casa. El mismo que, aunque tarde, llegó en 2021 cuando la Federación Internacional de Tenis y el país lo nombraron capitán honorario y embajador mundial.
Hoy, el presente del hombre que nos enseñó a ganar tiene un tono melancólico. Aquejado desde hace una década por una patología neurodegenerativa con deterioro cognitivo, Vilas vive un retiro hermético en Mónaco. Allí, rodeado por el cuidado incondicional de su esposa, Phiangphathu Khumueang, y de sus cuatro hijos, transcurre los días del campeón. Es ella quien, a través de destellos en las redes sociales, mantiene viva la conexión entre el ídolo y su pueblo.
Guillermo Vilas no es simplemente el mejor tenista argentino de la historia. Es el pionero que fundó las bases para todos los que vinieron después. Es el hombre que hizo que, en idiomas desconocidos y en ciudades remotas, su apellido fuera sinónimo inmediato de nuestro país. Un campeón enorme que, a fuerza de zurdazos, empuñó su raqueta como si fuera una bandera