
La noche en el mítico estadio Maracaná tenía todos los ingredientes de una gesta copera. Desde el pitazo inicial, el duelo entre Estudiantes de La Plata y Flamengo prometía voltaje puro. Tras noventa minutos de extrema paridad y un cerrojo defensivo impecable —especialmente tras la expulsión de Baltasar Rodríguez a los cuatro minutos del segundo tiempo por doble amonestación—, el “Pincha” demostró que la estirpe copera no se negocia.
Sometido a la presión de un local que empujó con sus figuras, el conjunto platense resistió los embates de un Flamengo inconexo y apostó a la solidez colectiva, liderada desde el fondo por Marcos Rojo y Leandro González Pirez, y custodiada con seguridad por un inmenso Fernando Muslera durante el tiempo reglamentario.
Cuando la tensión se adueñó de la definición desde los doce pasos, apareció la jerarquía internacional. El arquero uruguayo se convirtió en una pesadilla para los ejecutores del conjunto brasileño: con una intuición implacable, se arrojó sobre su poste derecho para contener los remates de Jorginho, Lucas Paquetá y Bruno Henrique.
Del otro lado, la precisión de José Sosa, Eros Mancuso y Tiago Palacios selló el 3-2 definitivo en la tanda, desatando el delirio albirrojo y consagrando a Muslera como la máxima figura de una clasificación inolvidable.
Con este triunfo heroico, Estudiantes inscribe otra página dorada en su rica historia internacional:
Sexta final de Copa Libertadores en su historia.
Primera definición continental desde la Recopa Sudamericana 2010.
Regreso a una final de Libertadores tras 17 años de ausencia (la última había sido en 2009).
El obstáculo final en el camino a la gloria eterna será el Palmeiras de Brasil, en un duelo pactado para el próximo 28 de noviembre en el estadio Centenario de Montevideo, donde el “Pincha” buscará levantar una vez más el trofeo más codiciado de América.