
El cántico que envenena, la pancarta que avergüenza, el gesto que excluye. En el barro de un problema que el fútbol mundial muchas veces mira de reojo, Racing Club decidió plantar bandera. No con un comunicado tibio, sino con un protocolo de acción contundente que redefine el concepto de "hinchada" y eleva la vara de lo que se espera de un club grande.
La adopción del Programa de 11 Puntos contra el Racismo, la Xenofobia y la Discriminación, impulsado por el Centro Simon Wiesenthal, no es un gesto cosmético. Es una hoja de ruta que transforma la condena en acción. El corazón de esta iniciativa late en una medida sin precedentes en el fútbol argentino: la obligación para todos sus abonados de firmar una declaración jurada. En ese documento, el socio se compromete a no participar en incidentes de odio, aceptando que su violación será motivo directo para la rescisión de su abono. Es poner el cuerpo y la responsabilidad donde antes solo había impunidad.
Pero el plan va más allá de la firma. Se trata de una ofensiva multidisciplinaria. Racing se compromete a una condena pública y sistemática de todo comportamiento discriminatorio durante los partidos, a prevenir la circulación de material de odio en los alrededores del Cilindro y a actuar con celeridad para borrar cualquier símbolo racista o xenófobo que pudiera aparecer en sus muros. Ya no bastará con decir "son unos pocos". La institución asume el rol de garante activo de un espacio seguro.
Esta decisión no nace de un vacío. La Academia ya tenía un historial que la predisponía a este liderazgo. Había sido de los primeros clubes a nivel mundial en adoptar la Definición de Antisemitismo de la IHRA y había cedido su estadio para campañas por la inclusión. Ahora, da el salto cualitativo: de la sensibilización a la sanción, de la intención al reglamento.
En un país donde la pasión futbolística a veces se confunde con la licencia para el agravio, Racing elige otro camino. El mensaje es claro: la grandeza de un club no se mide solo en los trofeos que levanta, sino en los valores que defiende. Mientras el deporte se debate entre el negacionismo y la tibieza, en Avellaneda escriben, con hechos, un capítulo aparte. El de un club que, en pleno siglo XXI, entendió que su batalla más importante no se juega solo en la cancha