30/11/2025  -  Noticias Varias
Historias para contar
Todos podemos salvar una vida… si alguien se atreve a empezar
Marie Zakrzewska, tenía 43 años, y mientras la multitud se apartaba para dejarla pasar, todos pensaban lo mismo: “¿Qué puede hacer una mujer ahí?”

Nadie en Nueva York olvidó jamás aquella tarde de 1869. Una mujer cruzó la Quinta Avenida corriendo, con su falda recogida y un bolso de cuero apretado contra el pecho. Se llamaba Marie Zakrzewska, tenía 43 años, y mientras la multitud se apartaba para dejarla pasar, todos pensaban lo mismo:

“¿Qué puede hacer una mujer ahí?”

En el suelo, un hombre yacía sin moverse. Un carruaje lo había atropellado. La gente miraba. Comentaba. Señalaba. Pero nadie sabía qué hacer.

Hasta que Marie se arrodilló.

—Háganse a un lado —ordenó, sin elevar la voz.

—¿Señora, está usted loca? —dijo un policía—. No tiene por qué intervenir.

—Si no intervengo yo, él muere —respondió ella, sin pestañear.

Mientras otros dudaban, Marie actuó. Tomó su pulso. Abrió su camisa. Revisó su respiración. Dio indicaciones claras:

—Necesito un carruaje vacío. Y una manta.

Varias personas corrieron a buscar lo que pedía. Marie colocó al hombre con sumo cuidado.

—No lo muevan así —dijo, sujetando el cuello del herido—. Podemos dañarle la columna.

El policía la miraba, confundido.

—¿Quién es usted?

Marie alzó los ojos.

—La mujer que está haciendo lo que usted debería hacer.

Aquel episodio no la dejó tranquila. Esa noche, mientras escribía en su pequeño despacho, no podía borrar la imagen del hombre desvanecido en plena calle.

“Qué barbaridad”, pensó. “Una ciudad con miles de habitantes… y nadie sabe ayudar”.

Marie no era una mujer común. Era doctora. Alemana. Y una pionera que ya había luchado mil batallas para ser tomada en serio. Sabía que en Nueva York la mayoría de los accidentes terminaban en tragedia porque nadie llegaba a tiempo… o porque llegaban, pero sin conocimientos.

“Hay que hacer algo”.

Y esa idea no la soltó.

Dos semanas después, reunió a dos médicos y una enfermera en un pequeño salón del East Side.

—Necesitamos un cuerpo de respuesta rápida —explicó—. Personas entrenadas. Carros adaptados. Material básico. Algo que pueda llegar a cualquier punto de la ciudad en minutos.

Los médicos se miraron.

—¿Una especie de… brigada médica móvil?

—Exacto.

Hubo dudas, críticas, risas.

—Marie, eso sería imposible de financiar.

—Marie, la ciudad no autorizaría algo así.

—Marie, nadie confiará en un sistema inventado por una mujer.

Ella apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Pues si la ciudad no lo autoriza, lo empezaremos nosotros. Los que se unan, trabajarán gratis hasta que demostremos que sirve.

Hubo silencio.

Y uno a uno… los tres dijeron:

—Estoy dentro.

El primer “vehículo de emergencia” no era más que un carruaje reforzado, con una camilla rudimentaria y una caja de madera llena de vendas, alcohol y unas pinzas quirúrgicas.

Marie y su equipo entrenaron días enteros: cómo cargar a un herido, cómo detener una hemorragia, cómo inmovilizar fracturas, cómo actuar en pánico.

Pero lo más difícil no fue el entrenamiento.

Fue la reacción de la gente.

—¡Eh, ahí van los locos de la doctora! —gritaban algunos.

—¿Qué es eso? ¿Un circo? —se burlaban otros.

Marie no respondía.

Ella esperaba los hechos.

Y los hechos llegaron.

El primer aviso ocurrió un sábado. Un niño se había caído desde el segundo piso de una vivienda. La gente gritaba en la calle.

El carruaje de Marie llegó en pocos minutos.

—¡A un lado! —gritó ella bajando del vehículo—. ¡Déjenme verlo!

Mientras la madre sollozaba, Marie examinó al pequeño.

—Respira. Tiene pulso. Podemos salvarlo.

Lo inmovilizó con tablas, dio instrucciones rápidas y lo llevaron al hospital.

Sobrevivió.

Ese día, la ciudad entera cambió de opinión.

Lo que empezó como una “locura sin futuro” se convirtió en el primer servicio de ambulancias urbanas modernas. Nueva York adoptó el sistema. Luego, Boston. Después, el resto del país.

Marie nunca buscó reconocimiento.

Solo buscaba que nadie muriera por ignorancia.

Más tarde, cuando le preguntaron por qué insistió tanto, respondió:

—Porque no soporto ver cómo la gente muere rodeada de espectadores. Todos podemos salvar una vida… si alguien se atreve a empezar.

Fuente: Datos Históricos
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