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Sábado, 15 Agosto 2020
Mujer  Viernes 24 de enero de 2020 - 10:08 hs.                1463
  Mujer   24.01.2020 - 10:08   
“No soy un monstruo, soy solo una mujer que no tiene hijos”
Valeria Schapira, periodista, escritora y creadora de Viajo Sola, reflexiona sobre los prejuicios que aún siguen vigentes.

No soy un monstruo ni estoy incompleta. Soy solo una mujer que no tiene hijos.


Parece absurdo decir esto en 2020, pero quiero que reflexionemos acerca de que los modelos universales solo sirven para los enchufes. Estoy al borde de los 50. Ya nadie parece preocuparse por mi status sentimental pero, cuando la mayoría de las mujeres de mi edad comienza a vivir la etapa del despegue de sus hijos del hogar –con o sin “síndrome del nido vacío”-, recrudece la pregunta de si tengo o no descendencia.


Cuando era joven, me preguntaban de manera recurrente si “ya” tenía novio. Es que era “rara” y recién tuve señor formal a los 27. Me casé a los 30 –de blanco y con fiesta- porque me sentía “vieja” para estar soltera y me separé a los 34 porque me sentía demasiado joven para estar casada. Aunque me hiciera la liberada, el mandato social me pesaba. En el transcurso del matrimonio, le planteé a mi por entonces marido la posibilidad de la maternidad. Recuerdo particularmente una charla al respecto después de una visita al Padre Ignacio en Rosario en la que el religioso posó su mano sobre mi abdomen, como augurando lo que estaba por venir.


Si algo tengo en claro es que, cuando deseo algo con mi alma, insisto en ello. Y no insistí con el tema de la maternidad. No puedo decir que desconociera que, con cada cumpleaños, se iban acortando los tiempos biológicos. La trama de uno de mis libros se basa en una treintañera que busca ser mamá, sin pareja. Quizás estaba proyectando allí mis propios interrogantes. Para escribir esa novela me documenté lo suficiente como para saber, por ejemplo, que mis óvulos perdían fertilidad día a día. Exploré posibles tratamientos y posibilidades y, reitero, no insistí. Sabía que, si algún día lo deseaba, quedaba el camino de la adopción. Porque el amor toma muchas formas y la maternidad, también.


En mi última cita, el caballero en cuestión me preguntó –casi al descuido– por qué no había tenido hijos. Le conté lo que a ustedes recién. Lo vi algo inquieto con mi relato, pero pareció tranquilizarse cuando le dije que había estado casada. Supongo que, a sus ojos, eso me volvía menos extraña.


En la esquina de mi casa hay un quiosquito fascinante en el que venden todo tipo de sahumerios. Mientras buscaba uno para atraer al amor, pedí asesoramiento a la señora que lo atiende. En el medio de la compra, me preguntó por los niños. Respondí que no había sido mamá y me miró con un dejo de pena. Luego preguntó el motivo y contesté que no había sentido el deseo. Le conté que tuve un hijo peludo, Joy, que murió hace poco más de un año y que lo extraño cantidad. Seguí revolviendo palo santo y esencias. Ella, no sin dulzura, volvió a la carga y quiso saber “quién me va a cuidar cuando sea viejita”. Respondí que esa no me parece una linda razón para traer hijos al mundo y que no todos los hijos cuidan a sus padres cuando son viejitos. Si hubiera percibido un atisbo de maldad en su interrogatorio, mis respuestas hubieran sido menos amables. Pero lo preguntaba amorosamente, casi con un dejo de pena por mi triste derrotero. No me angustió su pregunta sobre la descendencia pero, confieso, metió el dedo en la llaga: la soledad y la vejez.


Volví a casa con mis sahumerios “Reina de la Noche” y, mientras encendía una de las varillas, me puse a pensar en cuántas de las personas que hay en mi vida compartirán esa mirada compasiva sobre la vida que elegí. Olvidé contarles que la señora de los sahumerios me deseó que encuentre a un buen amor. Yo también lo deseo. Así como deseo que algún día la sociedad deje de ver como raras o problemáticas a las personas que vivimos diferente.