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Domingo, 30 Noviembre 2025
Diario Junín | Deportes             288
El templo de la cantera
En el Predio de Ezeiza, lejos de la Bombonera y el Monumental, se juega el Superclásico que define el futuro. No es solo un pase a la final de Reserva; es el ring donde pelean por su lugar en el mundo los herederos de una guerra futbolística eterna.
Jueves, 27 de Noviembre del 2025 - 14:10 hs.
El templo de la cantera

La noche de Ezeiza huele a pasto recién cortado y a historia por escribir. Bajo los reflectores del Predio, lejos del rugido de las tribunas repletas, se cocina el clásico más visceral: el de las promesas. Este jueves, a las 20 horas, Boca y River no se enfrentan por tres puntos; se miden el porvenir.

De un lado, Mariano Herrón y su Boca, un fortín imbatible. Líder absoluto de la Zona A, dueño de una campaña que le otorga el privilegio de no ceder la localía. Llegaron hasta aquí con la contundencia del 1-0 y la frialdad de los penales. En sus últimos 14 partidos, solo conocieron la derrota una vez. Son un bloque sólido, con la seguridad bajo los palos de Leandro Brey, un arquero con alma de grande, y el talento de joyas como Dylan Gorosito o Valentino Simoni, nombres que ya susurran los hinchas con la esperanza puesta en el mañana.

En la vereda de enfrente, River Plate, el campeón vigente. Marcelo Escudero, el hombre que quebró una maldición de una década, conduce a un equipo que avanza con la elegancia del que sabe ganar. Goleó a Tigre, superó a Huracán y tiene en sus filas al revulsivo más peligroso: Agustín Ruberto. El goleador, recién salido de la enfermería y ya reclamado por Gallardo para Primera, es el símbolo de un equipo que no perdona.

Pero este duelo tiene un sabor amargo para la memoria xeneize. La estadística es un fantasma incómodo: hace siete partidos que Boca no le gana a River en Reserva. Dos empates en 2023, tres derrotas en 2024 y un traspié y una igualdad en lo que va del año. El último choque en este mismo escenario terminó con un agónico 1-1, un recordatorio de que el rival siempre encuentra la forma de lastimar.

Más allá del resultado, lo que se define en la cancha del Predio es la jerarquía de una generación. Es el partido en el que los pibes dejan de ser promesas para convertirse en candidatos. Donde un quite de Mendía, un pase de Dalmasso o un gol de Ruberto pueden ser el boleto definitivo para la gloria profesional.

Mientras el fútbol mayor se reorganiza, aquí, en la intimidad de Ezeiza, con el silencio relativo de la tribuna vacía como único testigo, se libra la verdadera batalla por el alma del futuro. Porque en el Superclásico de las Reservas, no se juega un partido. Se disputa la heredad