19 años de prisión para el asesino del ingeniro en Palermo
Un silencio pesado, roto solo por el llanto, precedió al veredicto que llegó para dar una respuesta, pero nunca para cerrar una herida. A las 13:11 de este jueves, en la sala del Tribunal Oral en lo Criminal N° 11, los jueces Julio Pablo Quiñones, Julio López Casariego y Matías Buenaventura leyeron la sentencia que condena a Isaías José Suárez (31) a 19 años de prisión por el homicidio en ocasión de robo del ingeniero Mariano Barbieri, ocurrido en agosto de 2023 en los bosques de Palermo.
Desde el instante en que los magistrados ingresaron a la sala, la emoción fue inmanejable. Maricel, la viuda de Barbieri, no pudo contener las lágrimas. Del otro lado, los familiares del acusado también lloraban. La división del dolor era la única simetría perfecta en una sala partida en dos por la tragedia.
Suárez, que enfrentaba una imputación mayor por homicidio agravado criminis causae (para procurar impunidad en un delito previo), escuchó la condena desde el banquillo. Al oírla, se derrumbó y se abrazó con su pareja y otras dos mujeres que lo acompañaban en una sala contigua. Horas antes, en sus últimas palabras ante el tribunal, había insistido con su inocencia: “Soy inocente. Quieren hacer justicia con una persona inocente”.
Pero para la familia y los amigos de Mariano, la justicia, aunque imperfecta, llegó. Al ser sacado de la sala, los gritos estallaron como un estallido de rabia contenida: “Te vas a pudrir en la cárcel, basura, hijo de puta”, le espetaron. El veredicto no fue unánime; el juez Buenaventura votó en disidencia, un detalle técnico que nada cambia para quienes sufren la pérdida.
La noche del 30 de agosto de 2023 había comenzado con la simple intención de observar la luna llena. Mariano Barbieri salió de su domicilio temporal en Santa Fe y Malabia y caminó hasta la Plaza Sicilia. Minutos después de sentarse, fue sorprendido por Suárez, quien, armado con un cuchillo, intentó robarle el celular. En el forcejeo, la hoja se clavó en su tórax. Herido de muerte, Barbieri cruzó la avenida Libertador y llegó a una heladería Cremolatti pidiendo auxilio. Lúcido, identificándose por su nombre e incluso dando su usuario de Instagram, suplicó que no lo dejaran morir. La ayuda llegó, pero no pudo salvarlo.
La investigación, minuciosa, lo señaló a él. Las cámaras de seguridad, el análisis antroposcopétrico de la Policía de la Ciudad que encontró coincidencias físicas y gestuales, y las lesiones recientes en el cuello y hombros de Suárez, compatibles con una pelea, fueron pruebas clave. Incluso el arma homicida, un cuchillo con rastros de sangre de la víctima, fue encontrado al día siguiente en la plaza por un periodista durante una cobertura.
Hoy, la justicia ha hablado. Pero en la sala, solo quedaron lágrimas. Las de Maricel, fundida en un abrazo con los suyos. Las de la familia de Suárez, abrazándose a una inocencia que los tribunales ya no reconocen. Y el eco de un grito que resume la irreparable verdad de todo esto: un hombre murió por un celular, y otra vida, la del condenado, se pudrirá en una celda