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    17.12.2019 -    
Es bailarina, un accidente la dejó inmovilizada y la danza volvió a “levantarla”
En 2006 María José Benítez Coll quedó al borde de la cuadriplejia. Desde entonces logró reinventarse, volvió a bailar y ahora enseña a otros cómo seguir en movimiento.

Es bailarina, un accidente la dejó inmovilizada y la danza volvió a “levantarla”

Cuando se convirtió en mamá y decidió poner en pausa sus días como profesora de danza, jamás imaginó que la vuelta a las pistas sería a bordo de una silla de ruedas. Pero tanto es el amor de María José Benítez Coll por el baile, que ni un accidente que la dejó prácticamente cuadripléjica, con un cuadro que los médicos vaticinaron irreversible, venció su deseo, y su voluntad, de volver a danzar. 


Desde que era muy pequeña a María José le apasionó la danza. Sin embargo, como en su casa no tenían la posibilidad de pagarle los estudios, debió esperar hasta la adolescencia para cumplir la meta de entrar a una academia de baile. Allí dio sus primeros pasos, practicó saltos y giros y obtuvo un título que la habilitó para dar clases.


A Majo, como la conocen en su entorno, siempre le gustó la docencia, especialmente cuando podía llevar la danza a sectores marginales a través de los festivales artísticos que organizaba. También enseñó folklore en un colegio hasta que se casó, tuvo sus hijos y decidió dedicarse a su familia. Pero ese intervalo que le puso a la "profesora" en su día a día, no lo aplicó para su formación: durante todo ese tiempo tomó clases de ritmos como salsa, afro y tap. 


Siempre latente, una vez que los chicos crecieron comenzó a ser parte de un ballet de folklore para adultos en Hurlingham, y casi en paralelo empezó a estudiar Psicología Social. Corría agosto de 2006 cuando, en el marco de la carrera que había iniciado, Majo viajó a un encuentro en Tandil y nada volvió a ser como antes.


Durante la vuelta, el auto en el que viajaba volcó dando varios tumbos en una curva muy profunda. “Estuve muy consciente todo el tiempo, pero tuve una lesión por lo que fui internada en Terapia Intensiva. A las pocas horas me enteré que había tenido una lesión medular que no se pudo operar enseguida, por lo que terminó de complejizar el cuadro. Casi una cuadriplejia”, recuerda Majo a la distancia.


La primera silla de ruedas que utilizó tras el accidente era motora, porque los médicos que la atendieron dijeron que sus brazos nunca iban a poder propulsar una, ya que estaban demasiado lesionados y la rehabilitación no le iba a servir. Sin embargo, se habían equivocado.


Reinventarse tras el accidente fue un largo camino, en el que la danza y la música fueron sus grandes aliadas.


“Mientras estaba en Terapia Intensiva a mi hermana melliza, María Marta, se le ocurrió que yo tenía que seguir bailando. Ella fue alumna en el profesorado de Susana González Gonz, pionera de la Danza Integradora en la Argentina, y un día la llamó y le dijo, que como sea, una vez que yo saliera quería que volviera a bailar”, relata la mujer, hoy de 58 años.


Llegó el momento de trabajar en la rehabilitación. “La única manera era imaginando que bailaba. Para que los brazos se movieran me ponían música y trataba de moverlos como un estímulo. Cuando pude mover un dedo, bailaba con ese dedo. Cuando pude mover la mano, sentía que bailaba con la mano y así, muy de a poquito, empecé a mover el codo, después el hombro", describe María José. "De esa manera era como que me transportaban a un lugar que no lo conseguían con ejercicios mecánicos. Tuvieron que entender que mi motor era la danza”, repita casi como una máxima.


Cuando la sentaron en una silla de ruedas, en el medio de una rehabilitación que duró 11 meses, Majo empezó a enseñarles a bailar a otras personas lesionadas que compartían el espacio de trabajo físico. “Cuando me pude mover, ya no me podía quedar quieta ni aunque me lo pidieran", comenta.


El clic que despertó a la bailarina

“Con mucho miedo fui a la primera clase con Susana y no resultó lo que esperaba. Mi cabeza tenía la estructura de mi cuerpo anterior, me tuve que rearmar en lo que fue un trabajo intenso para reconocer mi cuerpo, para volver a crear una bailarina pero desde otro lugar. Durante un tiempo lloraba mientras bailaba hasta que descubrí que podía seguir bailando, no era un antes y un después, era un continuar”.


Ese clic fue cuando la profesora la hizo salir de la silla de ruedas, la desarmaron y Majo tuvo que bailar con cada una de las partes. “Quería hacer cosas pero sentía que con la silla no podía, yo abrazaba a esas ruedas como si fueran mis piernas, ese día fue como otro duelo porque tuve que velar lo anterior para poder encontrarme con lo nuevo. A veces, se duela de a partecitas. Ahí entendí que no era Majo arriba de una silla, simplemente que todo era parte de mí”, confiesa.


María José en acción, como parte del Grupo Alma, de danza integradora.


Mientras participaba de los talleres de danza integradora, Majo soñaba con ser parte de un grupo que hacía presentaciones artísticas en distintos espacios. “Hasta que una vez Susana me convocó para ser parte de una nueva compañía (Grupo Alma) y ahí entré. Enseguida les dije que tenía la edad para ser la mamá de cualquiera de mis compañeros, pero que si ellos me aceptaban yo me sumaba al desafío de poder demostrar que se podía hacer arte en una silla de ruedas, y también más allá de la edad. Pero fui una más”, expresa con una amplia sonrisa.


La mujer asegura que nunca va a olvidar su primera presentación. Bailó con el tema Una Palabra, de Carlos Varela, que ella misma eligió, y participó de temas de tango en grupo. “Esa noche volví a sentir la adrenalina de estar arriba del escenario, esos nervios antes de salir a escena, el unirme con mis compañeros, abrazarnos cuando terminamos la función. Para mí fue grandioso. Y gracias a Dios mi familia siempre me acompañó”, rememora todavía emocionada.


Desde entonces siguió bailando junto a Grupo Alma, fue convocada por otro coreógrafo para hacer una obra e incursionó en varios seminarios de Danza Integradora hasta que volvieron las ganas de enseñar.


“Me llamaron de un instituto de danzas que recién abría en Ituzaingó para dar clases a personas con y sin discapacidad. Yo amo ese lugar, el de la docencia, y tengo muchas cosas por seguir aprendiendo pero las devoluciones son favorables”, expresa Majo, y desliza un consejo desde la más traumática pero reparadora de las experiencias.  


“Todos tenemos la posibilidad de algo en la vida. Conocí gente que solo movía los ojos, y esos ojos tienen que ser el motivo de su vida, se tienen que aferrar a lo que consideren que puede rescatarlos. Siempre hay una posibilidad de salir adelante, hay que saber pedir ayuda y hay que tener deseos de vivir. Cuando eso ocurre es como que la vida gira sola y en ese giro, cuando te entregás, todo empieza a fluir”.

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