Son las diez y cuarenta y ocho de la noche en Atlanta. La ciudad se presenta húmeda, aunque regala una tregua más fresca que las jornadas anteriores. El paisaje urbano ofrece un contraste singular: mientras en los celulares todavía se procesa el amargo 2-3 ante Inglaterra y algunos hinchas mexicanos otean con desgano la subida de Lenox Road, un grupo de 30 argentinos resiste. No están solos; se les suman fanáticos locales y de otras latitudes. Es que la geopolítica del fútbol actual demuestra, una vez más, que el amor y la fascinación por Lionel Messi destruyen cualquier frontera identitaria.
Las vallas metálicas imponen un límite estricto, separando el estacionamiento del servicio de valet por donde se aguarda el arribo del micro oficial, bajo una custodia policial celosa y milimétrica. Entre las siluetas de los rascacielos del Downtown, todavía estallan fuegos artificiales rezagados; una suerte de eco tardío de las celebraciones por el Día de la Independencia de los Estados Unidos. El micro de la Selección se hace desear, estirando el romance y la ansiedad de los presentes.
El letargo se quiebra en un segundo. El imponente bus encara la pendiente del hotel y se detiene. El descenso es un desfile coreografiado que paraliza los corazones. No hay cantos tribuneros tradicionales; lo que se respira en la noche de Georgia es una reverencia absoluta.
Lionel Messi pisa la escalinata e ingresa raudo por el sendero fuertemente custodiado. Detrás de él, la saludable competencia por el gol: Lautaro Martínez primero, y un Julián Álvarez que, fiel a su estilo, se toma el tiempo para regalar un saludo a la distancia. Al "Dibu" Emiliano Martínez no hace falta buscarlo en la planilla; su estatura, el aura de los elegidos y la bandera pintada en la cabellera lo delatan a metros de distancia.
Fueron poco más de tres minutos. Ciento ochenta segundos que operaron como una recompensa quirúrgica para quienes ofrendaron su descanso en la tierra que vio nacer a la multinacional Coca-Cola. Para este público, el premio fue mirar a los ojos a quienes alcanzaron la gloria eterna.
La Scaloneta ya respira el aire de la sede donde se verá las caras ante Egipto. El combinado africano llega con el liderazgo indiscutido de Mohamed Salah y una sed de revancha inocultable, tras haberse quedado trágicamente fuera de la cita de Qatar. "Los Faraones" desembarcan en Atlanta con el objetivo de dar el gran golpe ante la elite del fútbol mundial.
Del otro lado del tablero político y deportivo de este torneo, esperan los héroes de Lusail. Los mismos que generan peregrinaciones masivas y agotan taquillas ya sea en Kansas, Dallas, Miami o ahora en Atlanta. Argentina se mueve bajo la mística de un plantel que no se conforma con los laureles conseguidos y que ha vuelto a inyectar en el pueblo futbolero una ilusión unánime: el sueño latente del bicampeonato. La mesa está servida.