Llorá, gritá, cantá, abrazate con el que tenés al lado, llamá a tus amigos y salí a festejar. Lo que se vivió ayer por la tarde no se puede explicar desde la fría táctica, porque la resiliencia no se compra en una farmacia ni se pide por comercio electrónico, y la épica no se enseña: se vive. Argentina está más viva que nunca tras vencer a Egipto en un final cinematográfico que parecía sentenciar la eliminación y una despedida opaca de Lionel Messi, pero al "10" nunca, bajo ninguna circunstancia, se lo puede subestimar.
El partido comenzó con el fantasma del flojo rendimiento ante Cabo Verde flotando en el ambiente. Egipto lo sabía, presionó de entrada y apostó a centros cruzados desde afuera, explotando el duelo de Ashour contra Nahuel Molina. Así llegó el primer golpe: Ibrahim anticipó a Lisandro Martínez tras un centro preciso y puso el 1-0 que paralizó al país.
A pesar del impacto, la Scaloneta no se desordenó. Alexis Mac Allister jugó su mejor partido, Leandro Paredes manejó los hilos y Enzo Fernández metió una pelota cortada magistral para Nicolás Tagliafico que derivó en un penal. Aunque Messi no pudo cambiarlo por gol —agigantando la figura del arquero Shoubir—, el equipo no se derrumbó anímicamente y generó situaciones clarísimas: un cabezazo a quemarropa de Alexis, un mano a mano de Julián Álvarez y un tiro libre del "10" en el palo.
En el complemento, la ansiedad empezó a jugarle en contra a la paciencia argentina. Egipto se replegó en bloque y lastimó de contra con la velocidad de Zico. El VAR le dio una vida extra a la Selección al anular un gol egipcio por falta previa a Lisandro, pero minutos después la amenaza se hizo real: Mohamed Salah armó una jugada monumental desde su propia área y asistió a Zico, quien esta vez sí gritó el 2-0 legal.
Cuando el panorama era irreversible, Messi se empecinó en ponerse la capa de superhéroe. Con puro orgullo, inventó una asistencia perfecta al corazón del área para que Cristian "Cuti" Romero metiera el descuento y devolviera a la Selección al partido.
A diez minutos del final, el capitán demostró que cuando decida despedirse de los Mundiales lo hará con la frente en alto. Messi fue a buscar una segunda pelota con esa intuición que lo hace único y, de volea, clavó un zurdazo memorable que infló la red, poniendo el empate y devolviéndole el alma al cuerpo a los millones de argentinos que seguían el partido con el corazón en la boca.
Con el rival quebrado y el envión anímico, Argentina asumió los riesgos de campeón. Paredes metió un corte providencial en el medio y, tras una recuperación de Julián Álvarez en el área propia ante Salah, el "Araña" comandó la contra y habilitó a Lautaro Martínez. El "Toro" se abrió, se vistió de asistidor y tiró un centro preciso para que Enzo Fernández, apareciendo por sorpresa, metiera el cabezazo de su vida y sellara el 3-2 definitivo.
A aflojar las tensiones y a sacarse los nervios. Si quieren sacar al campeón del mundo del torneo, van a tener que hacer mucho más. La Scaloneta está en carrera y el sueño sigue intacto.