En la actualidad, las categorías formativas de la selección argentina femenina son un mapa tejido por historias dispersas alrededor del mundo. Nombres de adolescentes que, con acentos foráneos, eligen defender la camiseta celeste y blanca. Pero el caso de Emma tiene una textura particular: es la síntesis de una renuncia inmensa y un deseo irrefrenable. Hija de padre costarricense y de la argentina Mariana Luzuriaga Cavani —ex tenista federada y ex jugadora de vóley en GEBA—, la joven delantera construyó toda su vida y su carrera en Costa Rica.
Desde pequeña, su vínculo con el alto rendimiento fue indiscutible. A los cuatro años ya deslumbraba por su genética y disciplina. Tras pasar por la gimnasia en un centro olímpico, la natación y el atletismo (donde se levantaba a las cinco de la mañana para entrenar), el fútbol terminó imponiéndose. A los 13 años, Emma dejó de jugar con varones para sumarse al proyecto FIFA Talent de la Federación Costarricense.
Su ascenso fue meteórico. Brilló en el Torneo Sub-15 de Concacaf marcando en la goleada 9-0 ante Haití, fue clave en las eliminatorias de 2025 rumbo al Mundial Femenino Sub-17 anotando frente a Granada, y compitió en la cita máxima de Marruecos, donde asistió el único gol tico del certamen. Su talento era tan evidente que, en junio de este mismo año, con apenas 17 años, logró el hito soñado: debutó con la selección mayor de Costa Rica en un amistoso frente a El Salvador. Era la gran promesa del fútbol centroamericano.
Y entonces, el llamado de la sangre lo cambió todo.
Christian Meloni, técnico de las juveniles argentinas, se contactó con su entorno a principios de año. Detrás de Emma hay una familia materna íntegramente argentina, con un abuelo que está a punto de cumplir 102 años y un profundo arraigo por nuestra cultura futbolera. Su decisión fue determinante: tramitar el One Time Switch, la rigurosa regla de la FIFA que permite el cambio de federación nacional.
"El sacrificio que ella hizo por ir a Argentina fue enorme, porque dejó su zona de confort, su equipo de toda la vida para incorporarse a un país que tiene muchísima más gente. Ella quería buscar la mayor excelencia posible y no le tiene miedo a los retos", relató Mariana, su madre, dejando en claro que jamás la presionó, sino que la decisión nació de las entrañas de la propia jugadora.
La transición exige un costo alto. Emma, con una madurez asombrosa, aceptó perderse el Mundial Sub-17 que se disputará en octubre (donde Costa Rica participará y Argentina también estará presente) para empezar desde cero, desde las bases, ganándose un lugar en el predio de Ezeiza. Dejó atrás su etapa en el Sporting FC costarricense y pronto empacará nuevamente sus valijas rumbo a Estados Unidos, donde continuará su carrera y sus estudios en la Arizona State University, compitiendo en la exigente División 1.
La historia de Azofeifa no es solo la de una jugadora con una enorme proyección internacional. Es la confirmación de que, sin importar los kilómetros de distancia, la identidad cultural y el amor por los colores terminan pesando más que cualquier comodidad. En Junín sabemos bien de qué se trata eso. Emma eligió el camino largo, el más difícil, porque entendió que hay camisetas que no solo se visten, sino que se sienten en la sangre. Y la Albiceleste ya la estaba esperando.