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El ocurrente colectivo
Las trece campanadas
Del libro: Cuentos del Viento. Por Juan José Chano Plano (Tiempo de lectura 7 minutos).

Odiseo Masmudo estiró la vista y contempló a Diego mientras sacaba un enorme libro de su biblioteca.

-                        ¿De qué trata este don Odiseo?  El viejo que es sabido poco y nada hablaba, pensó para sí mismo ‘justo ese vas a elegir Dieguito’. Como para desalentarlo le murmuró con algo de desgano.

-                        No es un libro, es un cuaderno con forma de libro. - Tenía las tapas y el lomo más grueso que había conocido, el hijo del mecánico apenas podía sostenerlo con sus dos manos. Lo apoyó haciendo espacio al empuje de media docena de cosas en una mesa muy usada, entonces las yemas de los dedos de Diego rosaron el titulo bajorrelieve quemado. Era un acabado de cuero rústico y de diseño campero. Cuentos del Viento, gritaba la portada con letras de molde y tipo extraño. Cuando acomodó el asombro, levantó la presentación y quedó al descubierto la primera página; a renglones cual cuaderno comenzaba un relato con exquisita grafía manuscrita titulado: Las 13 Campanadas.

-                        ¿Cuentos del Viento? Usted ayer me ha dicho que el viento arremolina las palabras y las desordena. -

-                        Es cierto, y nada mejor que escribirlas cuanto antes para sujetarlas de la manera más fiel. -

-                        ¿Puedo leerlo?

-                        Si ese es tu deseo, adelante. -

-                        Las 13 Campanadas, - comenzó leyendo en voz alta el chico con cierta dificultad propia de su corta edad. -

...

‘Había una vez una escuela en un viejo edificio de no sé bien que ciudad. De repente sonó la campana que estaba en el patio cerca de la salida y todos los niños fueron al primer recreo del día. Por el corredor un grupo de tres alumnos conversaban animadamente.

-                        Sí que es cierto gordo, yo mismo escuché las 13 campanadas desde mi casa y era tardísimo. - Afirmó Roque.

-                        Ustedes dos son unos mentirosos bárbaros, yo vivo atrás de la escuela casa por medio y nunca escuché la campana sonar a las 12 de la noche. - Dijo Anselmo.

-                        Pues porque solo suena los martes y vos te la ‘pasás’ mirando esos programas para grandes en la tele hasta que te vas a dormir. - Le contestó algo ofendido en su falso orgullo el tercero, al que apodaban Ricky. - Yo vivo ahí enfrente, - continuó justo que pasaban por el pasillo de salida, al fondo se veía la puerta de alambre de su casa. Ni falta que hiciera confirmarlo, todos lo sabían perfectamente. - Para mí hay espectros, ‘capás’ son zombis o por lo menos duendes, pero que alguien la agita no hay dudas. Y antes que lo digas no es el viento porque siempre suena 13 veces y el martes pasado ni soplaba. -

-                         ¿Zombis, ja? Que pavada dicen, los lunes ustedes están yendo mucho al cine a ver las películas baratas de terror y después sueñan. Les juego lo que quieran que el próximo martes no suena ni una vez esta campana. - Ricky se resopló el flequillo ‘Chiflado’ con el labio inferior sobre el superior y le puso valor a la discusión.

-                       Bueno dale, te juego tres bocaditos Holanda a que el martes suena. -

-                        Hecho, no sé de dónde vas a sacar la guita porque jamás pudiste comprarte siquiera uno, pero no ‘sabés’ con que gusto me los voy a comer el miércoles. - La maestra de 5° hizo sonar la campana de fin de recreo y Ricky y Roque se fueron detrás de ella. Mientras Anselmo entraba en 7° grado. Algo le reprochaba el de lentes como que se les había ido la mano con la joda. Entonces Ricky lo tranquilizó, - ‘calmáte’, por tres Holanda, de acá al martes te hago una obra de teatro con 50 actores. -

En el fin de semanas el de pelo cortado a taza armó el plan perfecto. Le pidió prestado al pastor evangelista un royo de nylon para pesca y se las ingenió para que lo dejen castigado fuera de hora. A pura simpatía no tardó ni quince minutos de convencer a la directora para que lo deje ir. Con la escuela desierta se trepó al caño de la campana y ató la punta de la tanza en el émbolo y con mucho cuidado lo sacó por un vidrio roto de la puerta de calle, desovillando ató el lado del carrete a una rama del plátano de la vereda y cruzó hasta su casa lo más campante.

A las 9 de la noche se juntaron los dos compañeros de quinto y el de séptimo que trajo a un hermano algo más chico. Hicieron camotes asados en un hoyo de tierra y esperaron la hora señalada.

Diez segundos antes de la medianoche comenzaron una cuenta regresiva que fue a culminar con el primer gong de campana dentro de la escuela. Los ojos de Anselmo y los de su hermano se le caían descreídos hasta las baldosas amarillentas de la sede del Club frente a la escuela. No podían asimilarlo, tampoco el pastor que abrió la ventana tal vez temeroso de alguna competencia católica inesperada. Lo siguiente por supuesto fue la carrera nocturna desenfrenada de ambos hermanos hasta su casa. Roque y Ricky también corrieron, pero muertos de risa hacia el árbol. Gustavo bajaba de la copa con destreza y se abrazaba con sus amigos luego de haber tirado de la tanza 13 veces cada tres segundos. Abrazados se fueron a dormir, habían ganado la apuesta.

Demás está decir que el martes siguiente los varones de media primaria se agolpaban en la escalinata de la sede del Club mirando de reojos la escuela, expectantes, temerosos, y por supuesto ansiosos.  Estaba tan oscuro o por lo menos eso les pareció, igual nadie se movió hasta que faltando diez segundos comenzaron como una semana atrás la cuenta regresiva. Pero al llegar a cero nunca sonó el gong tan esperado. A cambio en medio de ese segundo de mutismo se escuchó un insulto que venía desde el árbol, y la frase...

-                        Carajos, se cortó la tanza, se cortó la tanza, ‘podés’ creer Ricky. - Y Gustavo se tiró del árbol al suelo.

-                        Guachos, ‘cameleros’, estafadores. - Gustavo se dio por enterado que había metido la pata y salió corriendo, pero en contra de su casa para esquivar una parte de los presentes que se le iban al humo. Ricky y Roque estaban acorralados en la escalinata del Club y ya desahuciados se encomendaron a los dioses.

Fue cuando de la nada comenzaron a sonar las campanadas de la escuela, sin que nadie tire de ninguna línea. Al tercer bronce alguien dijo tres, al cuarto ya eran cuatro los del coro que con cada golpe sumaban incrédulos que solo podían contar. Contar hasta que llegaron a 13. ¿Y después? Después, bastó que el primero picara corriendo para que aquella esquina quedara en solo tres segundos totalmente deshabitada.

Deshabitada de humanos, claro.  -




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