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Fútbol
Armani, el Muro de Núñez
En una noche de nervios y emociones encontradas, River Plate superó a Unión en los penales gracias a una actuación monumental de su arquero. Pero la épica individual no debe ocultar las alarmantes falencias colectivas que deja un partido que nunca debió llegar al límite
Viernes, 29 de Agosto del 2025 - 12:24 hs.
Armani, el Muro de Núñez

En el séptimo día, Franco Armani no descansó. River, como ante Libertad en el Monumental, respondió desde el lugar más sólido que le queda: su arquero. Sus manos firmes para adivinarle el penal a Lucas Gamba. El guantazo contundente para bloquear el de Valentín Fascendini. Y el festejo emotivo, un grito de rabia y alivio que resonó en el Monumental. Un desahogo que, sin embargo, debe encenderse como la primera advertencia. Porque si bien Unión lo perdonó, Racing no será tan clemente en los cuartos de final de la Copa Argentina -y tampoco Palmeiras en los de la Libertadores.

Gonzalo Montiel, con el trotecito modo Qatar 22, tocó y marcó el gol de la clasificación. Completó con su remate y su posterior festejo onda Mundial lo que Armani ya había fabricado en la serie. Pero Cachete ya había sido determinante antes, cuando en tiempo regular, con un reflejo felino, evitó casi sobre la línea un gol de Nicolás Palavecino. El mismo que en la última jugada del partido miró más la pelota que a Armani y pateó (demasiado) arriba cuando tenía todo el arco para gritar el gol.

Es cierto que Montiel podría haber evitado el trámite angustiante si el árbitro hubiera advertido el penal claro que le cometieron por un agarrón. Tanto como que, en el desarrollo, el mismo Cachete estuvo por momentos alineado con el ritmo fallido de un equipo que no logró imponerse por jerarquía y que chocaba una y otra vez contra la muralla diseñada por Leo Madelón.

Deberá hacer algo más, River, para ser el equipo de oficio copero de los años dorados de su entrenador. Un Marcelo Gallardo que extrañamente demoró en cambiar los planes y darle explosión y desequilibrio a un equipo demasiado largo, previsible en sus movimientos. Un once con mañas que lo forzó a jugar largo, que ganó divididas, pero que se mostró crónicamente falto de ideas para romper el cerrojo.

El clic llegó tarde, cuando el Muñeco entendió que además de pasar la pelota había que imaginar. Que urgía la magia de un Juanfer Quintero para liberar a un Nacho Fernández incómodo como enganche. Y también la aparición de un jugador que pudiera romper estructuras con gambetas. Como Santiago Simón y, especialmente, como Facundo Colidio. No fue casual que en esos minutos de pura inventiva, con JFQ y Miguel Borja en cancha, River estuviera cerca de ganarlo en los 90 minutos: el Colibrí tuvo un cabezazo a quemarropas que convirtió en figura al arquero rival, Matías Tagliamonte.

Quedarán las conclusiones con la épica abrochada. Con el morbo de un cruce con Racing cargado de historia reciente. Pero sobre todo, con la tranquilidad que solo brinda un héroe. La de tener a un gigante entre los tres palos. A guante, corazón



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