La grieta se abrió en Marsella, bajo el sol del sur de Francia, y desde entonces no ha dejado de profundizarse. El pasado domingo en Twickenham, esa línea que divide a las selecciones de Inglaterra y Argentina no solo se cruzó, sino que se pisó con una fuerza que resonó desde el césped hasta las entrañas del estadio, reavivando un fantasma que ambos creían enterrado: el del violento cabezazo de Tom Curry sobre Juan Cruz Mallía que marcó a fuego el inicio del Mundial de Rugby hace poco más de un año.
Aquella acción, ocurrida a los dos minutos del partido inaugural, fue el prólogo de una tensión que hoy escala a niveles disciplinarios y éticos. Segundos después de un despeje, Mallía capturó el balón y, en el suelo, recibió el impacto craneal del tercera línea inglés. La imagen del argentino tambaleándose, forzado a salir con la frente abierta mientras el árbitro originalmente solo amonestaba a Curry, se convirtió en un símbolo. La justicia, tardía, llegó desde el "búnker": la tarjeta amarilla inicial se transformó en roja, en una de las expulsiones más contundentes del torneo. La sanción posterior, reducida a tres partidos, no logró borrar la huella.
Esa herida nunca cicatrizó del todo. El domingo, en el templo del rugby inglés, se rompió por completo. En un giro cruel, fue otra entrada de Curry la que, en una acción de tackle, terminó con Mallía en el suelo, fuera del partido y de la temporada, diagnosticado con la rotura del ligamento cruzado anterior de su rodilla derecha. Una lesión devastadora. Felipe Contepomi, el entrenador back de Los Pumas, no pudo contener su indignación, cuestionando la falta de revisión del TMO y la naturaleza "temeraria" de la jugada.
Pero el episodio más explosivo, el que trasladó el conflicto a un terreno oscuro y personal, ocurrió donde las cámaras no suelen apuntar: en el túnel de acceso a los vestuarios. Según el relato del propio Contepomi, Curry lo abordó y le propinó un "pecho" y un "pequeño golpe". El técnico, con 48 años frente a los 27 del jugador, describió el acto como una intimidación inaceptable. "Si no nos cuidamos entre nosotros, puede ser peligroso", advirtió, exigiendo que las cámaras de seguridad del estadio esclarezcan el hecho, ahora bajo investigación formal de Six Nations.
Frente a esto, la defensa del entrenador inglés, Steve Borthwick, fue contundente pero genérica: reconoció el "incidente" sin haberlo visto y salió a blindar el "carácter impecable" de Curry, a quien definió como un "fantástico compañero" y un "tipo respetuoso". Una caracterización que choca frontalmente con la narrativa que se construye desde el lado argentino.
La historia se ha convertido en un nudo de percepciones encontradas. Por un lado, la figura de Curry, un talento precoz del rugby inglés, ahora enredado en una secuencia de eventos violentos de alto perfil. Por el otro, la de Mallía, víctima en dos actos de una misma tragedia deportiva, y la de Contepomi, transformado de estratega en denunciante.
Lo que comenzó como un cabezazo sancionado con roja en un partido de Mundial, ha mutado en una crisis que interpela los códigos no escritos del rugby. Ya no se discute solo una tarjeta o un resultado, sino la línea que separa la firmeza de la agresión, el arrepentimiento de la soberbia, y el respeto que debe primar incluso en la rivalidad más encendida. La sombra de Marsella es ahora larga y oscura, y se proyecta sobre el futuro inmediato de un jugador, la relación entre dos potencias y la propia esencia de un deporte que se jacta de sus valores