La cancha está vacía. Las pelotas no botarán este domingo en Caracas. En un hecho que trasciende lo deportivo para hundir sus raíces en una crisis geopolítica de pronóstico reservado, la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) tomó una decisión sin precedentes para el básquet sudamericano: postergar el partido clasificatorio al Mundial de 2027 entre Venezuela y Colombia.
El motivo es contundente y pinta un escenario dantesco. No es una lesión masiva, ni un problema de infraestructura en el pabellón. Es el colapso del espacio aéreo. La FIBA argumentó que la "restricción, suspensión y cancelación de vuelos desde y hacia Venezuela" hace materialmente imposible el traslado seguro de la delegación colombiana y de sus propios oficiales. El partido, que era la revancha tras la victoria colombiana 80-78 este jueves en Cali, queda en un limbo, reprogramado para algún momento de julio de 2026.
Pero detrás del frío comunicado oficial se esconde una tormenta perfecta de advertencias internacionales y decisiones gubernamentales de alto riesgo. El detonante fue la recomendación de la Administración Federal de Aviación (FAA) de Estados Unidos, que etiquetó al espacio aéreo venezolano y al sur del Caribe como una zona "potencialmente peligrosa", instando a "extremar la precaución". El efecto dominó fue inmediato: aerolíneas de todo el mundo comenzaron a suspender operaciones.
La respuesta del gobierno venezolano fue escalar la tensión. Con un ultimátum de 48 horas para reanudar vuelos, culminó este miércoles con un acto de fuerza: la revocación de los permisos de operación a gigantes como Iberia, TAP, Turkish Airlines, Avianca, Latam Colombia y Gol. Las acusó de "sumarse a las acciones de terrorismo", una retórica que enrarece aún más el clima y aísla al país.
Mientras la Asociación de Transporte Aéreo Internacional (IATA) pide reconsiderar la medida, la realidad es que el país se encuentra prácticamente acordonado. Solo un puñado de aerolíneas, como Copa, Wingo y la estatal Conviasa, mantienen sus vuelos. En este contexto, un partido de básquet se convierte en una misión logística imposible.
Este partido postergado es más que un resultado que se aplaza. Es un símbolo. Es la prueba de que cuando la política y la seguridad colapsan, el deporte, esa fuerza que a menudo se cree capaz de unir orillas, se ve obligado a ceder. La cancha venezolana, como su espacio aéreo, queda temporalmente inaccesible, cerrada por un telón de acero cuyas consecuencias ya están siendo anotadas no en una tabla de posiciones, sino en el marcador mucho más severo de las relaciones internacionales.