El aire en el Predio de Ezeiza, desde las 15:30 de hoy, huele a algo más que pasto recién cortado y desinfectante. Huele a urgencia. A cuenta regresiva. A la última gran oportunidad de un ciclo que definirá legados. El 2026 de Boca Juniors no es un año más: es el año en el que todo se juega, con la Copa Libertadores como horizonte único y la presidencia de Juan Román Riquelme pendiente de un hilo continental.
Con Claudio Úbeda formalmente al mando en la pretemporada, el club se rearma entre la sombra de las bajas confirmadas –Lema, Fabra, Miramón– y la incógnita de un mercado de pases que se mueve entre apuestas jóvenes como el colombiano Marino Hinestroza y un sueño a futuro llamado Paulo Dybala. Pero el presente es de trámites médicos, dobles turnos y una concentración que busca imprimir carácter desde el minuto cero. El equipo que se forme en estas semanas de verano deberá cargar sobre sus espaldas el peso de una institución que vuelve a la Libertadores tras dos años de ausencia, consciente de que para su presidente, esta es, quizás, la anteúltima carta.
El calendario es un monstruo de cuatro cabezas: Copa Libertadores, Apertura, Copa Argentina y Clausura. Pero solo una mira absorbe toda la atención. El sorteo en marzo colocará a Boca como cabeza de serie, único "grande" argentino en el grupo de privilegio, junto a gigantes como Flamengo y Palmeiras. El camino hacia la final del 28 de noviembre en Montevideo comienza a dibujarse, pero antes habrá que navegar 12 partidos locales, un Superclásico en el Monumental en abril y el debut oficial ante el modesto Riestra, el 25 de enero.
Mientras los juveniles campeones de Reserva –Gorosito, Zampieri, Aranda, Flores– dan sus primeros pasos con la elite, una veintena de retornados de préstamos, desde Weigandt hasta Briasco, entrenan en una suerte de purgatorio a la espera de destino. El mensaje es claro: el núcleo duro está, pero la ventana de transferencias aún puede deparar sorpresas. La defensa se pretende reforzar con Gastón Hernández, y en ataque se evalúan nombres, aunque descartan a Ascacíbar como prioridad.
Pero más allá de los nombres propios, la historia que se escribe este año es la de Riquelme. Tres veces campeón como jugador, persiguiendo la revancha por las finales perdidas del 2012 y, sobre todo, la amarga del 2023 ante Fluminense. Su gestión se pondrá a prueba en cada resultado, en cada paso en la Copa. Cada penalti a favor o en contra resonará en las urnas futuras.
El plantel, aún en formación, escuchó una vez más el llamado de un ídolo global que se postuló desde lejos: “Si me llama Riquelme, ¿cuándo firmamos?”. Es la clase de eco que aún genera la camiseta, pero también un recordatorio de que las piezas decisivas pueden estar por llegar. Incluso, quizás, en junio, con la figura de Dybala en el horizonte como posible jugador libre.
Hoy, en Ezeiza, empezó el principio del fin… o de una nueva era. Boca camina sobre la cuerda floja de un año donde el fútbol y la política son la misma cosa. La Séptima Libertadores ya no es una meta deportiva. Es la llave que puede abrir, o cerrar para siempre, una época. La pretemporada acaba de comenzar, pero la final ya se siente cerca