El lujo deslumbrante del World Sports Summit en Dubái, un templo de acero, vidrio y opulencia, se detuvo en seco. Entre paneles sobre millonarios contratos y el futuro de los deportes de élite, una voz poderosa y serena narró un origen de tinieblas. “Vine de la nada. Había días que no teníamos nada que comer. Dormí en la calle”. Con esas palabras, Manny Pacquiao, la única figura en la historia capaz de obtener títulos mundiales en ocho categorías diferentes, quebró la burbuja del espectáculo para mostrar la materia prima de su leyenda: el hambre.
En una charla sincera, el PacMan dibujó un cuadro desgarrador de sus primeros años. “Mi hermano pequeño lloraba de hambre y era triste verlo. Algún día solo consumí agua para sobrevivir”, relató, exponiendo una vulnerabilidad que contrasta con la fiera implacable que fue en el cuadrilátero. “Pasé hambre muchos días y me tenía que alimentar de agua”. Cada sílaba, en ese entorno de privilegio, resonaba como un golpe seco al estómago.
El boxeo, reveló, no fue un sueño de gloria, sino una tabla de salvación desesperada. Su amor era el baloncesto, pero el vacío en el estómago dictó el camino. “Te daban dos dólares si ganabas; uno si perdías. Con eso podía comprar un bowl de arroz”. Dos dólares. El valor inicial de una de las carreras más lucrativas del deporte. “Nunca pude imaginar que esos dos dólares se iban a convertir en millones en el futuro”, reflexionó con la calma que da haber cruzado ese abismo.
La astucia de la necesidad marcó su ingreso al profesionalismo. Con solo 16 años, tras ser injustamente excluido de los Juegos de Atlanta por “decisiones políticas”, mintió sobre su edad. Fingió la pérdida de su partida de nacimiento para obtener una licencia provisional. “Peleé y gané. Cuando me vieron me dijeron ‘Eres muy bueno’ y se olvidaron de volver a pedirme la partida”. Tres años después, ya era campeón del mundo.
Pero Pacquiao no atribuyó su éxito fenomenal solo al talento bruto. Describió una obsesión metódica, académica. “Lo conseguí a base de estudiar y descubrir nuevas técnicas… Me dedicaba a estudiar a mis rivales constantemente. Como si tuviera que hacer un examen en la escuela”. Su estrategia era una caza de patrones: “Me fijaba en los golpes que daban por rutina, aquellos que les salían solos”. Subir y conquistar en ocho divisiones fue un cálculo preciso: “El peso influye… Aumentas la fuerza de tus golpes, pero tienes que mantener la velocidad. Es dificilísimo, de verdad”.
Hoy, retirado y reconvertido en promotor con su propia empresa, Manny Pacquiao Promotions, la conversación inevitablemente derivó hacia su faceta política, que él mismo enmarcó como una extensión de su lucha. “No me gusta la política, odio a los políticos, pero estoy en ella para ayudar al público, para darles casas gratis a los más necesitados y que dentro de 200 años se recuerde”, afirmó, trazando un paralelo claro entre su misión en el ring y fuera de él.
La charla cerró con una reflexión que resonó más allá del deporte, un mantra forjado en la intemperie y pulido en la cima del mundo: “Cuando entendí el propósito de la vida, todo cambió”. En Dubái, entre el brillo artificial de los rascacielos, Manny Pacquiao demostró que la luz más potente es la que se enciende después de haber conocido la oscuridad más absoluta. Su historia ya no es solo la de un campeón, sino la de un faro tallado a golpes de necesidad, astucia y una humanidad inquebrantable