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Enzo, el látigo del Chelsea: en el grito agónico y la bronca, puso en jaque al City y desnudó el alma de un clásico
Con un gol en el minuto 93 que explotó el Etihad y un gesto de furia que dio la vuelta al mundo, el mediocampista argentino fue el protagonista absoluto de una igualdad que le quita oxígeno al campeón y muestra la fibra de un equipo renacido bajo la interinidad.
Lunes, 05 de Enero del 2026 - 12:36 hs.
Enzo, el látigo del Chelsea: en el grito agónico y la bronca, puso en jaque al City y desnudó el alma de un clásico

El partido tenía todos los ingredientes para ser otro trámite dominado por la máquina aceitada de Pep Guardiola. Pero en el último suspiro, el guion lo reescribió un puño cerrado y una celebración desbordada: la de Enzo Fernández. El Chelsea, con un entrenador interino en el banco y el fantasma de la mala racha sobre sus espaldas, arrancó un empate agónico (1-1) en la fortaleza del Manchester City que vale por mucho más que un punto. Es un manifiesto de carácter, y su autor principal, con el número 8 en la espalda, fue el argentino que late con la intensidad de una final.

Desde el arranque, el City manejó los hilos. La pelota era suya, la iniciativa también, pero le faltó el filo. Un disparo al poste de Erling Haaland y la puntería de Tijjani Reijnders (42’) para batir a Filip Jörgensen parecían el preludio de una victoria cantada. El equipo de Calum McFarlane, sin embargo, guardaba en el mediocampo una chispa de rebeldía.

Esa chispa se encendió con ira a los 7 minutos del complemento. Enzo, con una visión de lujo, desarboló la defensa local en un contragolpe relámpago. Recibió de Cole Palmer, aguantó la marca de Matheus Nunes con la fuerza de un toro y sirvió en bandeja, con precisión milimétrica, un pase al punto del penal para Pedro Neto. El portugués, inexplicablemente, voló el balón sobre el travesaño. La reacción del ex River Plate fue instantánea, visceral: brazos abiertos, mirada fulminante, un grito de frustración que capturó todas las cámaras. No era un reproche cualquiera; era la demanda de excelencia de quien entiende que en esos detalles se ganan o se pierden partidos de esta magnitud.

Su influencia pareció diluirse luego, desplazado a la banda izquierda por una curiosa reconfiguración táctica. El City, como un predador que huele sangre, acentuó su dominio. Gianluigi Donnarumma fue un muro ante Liam Delap y el resultado se antojaba inamovible. Hasta que llegó el minuto 93. Hasta que Malo Gusto encontró un hueco y lanzó un centro rasante al segundo palo. Allí, como emergiendo de la nada, apareció Enzo. El primer remate lo tapó Donnarumma de manera fenomenal, pero el rebote cayó a sus pies. Con la frialdad del que escribe su propia historia, el argentino empujó el balón a la red y desató el éxtsis del equipo visitante. El VAR revisó milimétricamente la posición: estaba habilitado por centímetros. La justicia poética del fútbol, materializada en un jugador que no se rinde.

El gol, su séptimo de la temporada, es un puñal para las aspiraciones del City. Pep Guardiola ve cómo el Arsenal se aleja en la cima (48 puntos) y ahora debe mirar de reojo incluso al Aston Villa de Emiliano Martínez, su igual con 42. Para el Chelsea, este punto en la quinta posición (31) sabe a oxígeno puro y a un futuro que, con un posible nuevo DT en camino, se vislumbra menos oscuro.

Pero más allá de las tablas, esta noche en Manchester fue la consagración de un estado de ánimo. La de un mediocampista argentino que, entre el grito de bronca y el grito de gol, le puso corazón, fibra y calidad a un partido que ya es leyenda. Enzo Fernández no solo le dio un punto a su equipo; le devolvió el alma