Hoy se cumplen 26 años de la muerte de Claudia Colo
Cuando la mañana del sábado 15 de enero de 2000, Claudia salió de su casa rumbo al trabajo donde desempeñaba tareas como secretaria –en Unión Berkley-, nada permitía imaginar que iba a ser la última vez.
En la empresa ubicada en Rivadavia entre Guido Spano y Winter se vivían horas de intenso trabajo a pesar de la época estival. ese lunes vencía la póliza de granizo en soja-, el titular de la firma se encontraba escalando el Aconcagua y no se podía dejar tarea pendiente ni librada al azar.
Tal vez por eso, aquel mediodía, Claudia mantuvo un último contacto con su familia para avisar que se iba a demorar.
En su casa todo eran preparativos. Esa noche había un festejo.
Pasaron las horas – no más de dos- y la inquietud comenzó a adueñarse de Juan y Mary.
Claudia no llegaba. La llamaban y no obtenían respuesta. Nadie contestaba el teléfono.
Sin dejar pasar más tiempo, se iba a iniciar la búsqueda.
Llegar hasta la firma donde pasadas las 15 horas todo era quietud. Ni un movimiento. Recorrer lugares pensando que Claudia se podría haber demorado.
Pasar por la casa de sus compañeros de oficina.
Recorrer sin dar con la joven secretaria de 25 años.
Al filo de la medianoche, primeros minutos del domingo, el hallazgo.
Duro…difícil…doloroso…inexplicable… Claudia había sido asesinada.
Su cuerpo fue encontrado dentro de una bolsa que había quedado depositada en el suelo, a metros de la pequeña cocina del local, como si alguien hubiera intentado sacarlo sin dejar rastros.
Es más, el autor de la muerte de Claudia hasta se había tomado “el trabajo” de limpiar parte de la alfombra en la que había manchas hemáticas.
Para ello, increíblemente, desde la aseguradora se había trasladado hasta el supermercado de Rivadavia y Carlos Pellegrini –La Liga Agrícola- para comprar algún producto de limpieza, una fruta, algo de bebida.
UN ASESINO SUELTO
Para la justicia, había un asesino suelto y había que identificarlo.
En una carrera contra reloj, avanzaba la investigación, crecía una sospecha pero hacían falta pruebas, indicios.
Al mismo tiempo, la noticia corría como reguero de pólvora. Como pocas veces, la conmoción pegaba en cada rincón de la comunidad.
Por un lado, el fiscal centralizaba la tarea en el Palacio de Tribunales. Incesante el ir y venir de funcionarios judiciales, policiales, detectives.
En menos de 24 horas la sospecha recaía en su compañero de trabajo, José Luis Correa. Lo buscaban pero no había rastros.
UN HECHO CIRCUNSTANCIAL
En forma paralela, un hecho fortuito, circunstancial, iba a permitir la detención del hasta ese momento presunto homicida.
José Luis Correa había decidido irse a Capital.
Para ello, dejó su auto a las puertas del lugar de trabajo de quien entonces era su mujer, mal estacionado y tapando el ingreso a un garaje cuyo propietario –conocido abogado del fuero local- cuando quiso sacar su vehículo no pudo y llamó a la policía, ignorando lo que llegaría después.
Correa tomó un remisse, pidió que lo trasladen a la estación de servicio El Álamo donde pensaba tomar un colectivo, pero no llegó a tiempo.
Fue cuando le pidió al remissero que siga viaje. Primero hasta Chacabuco. Después rumbo a Capital.
Hasta ahí, l hombre era un pasajero más que había perdido el colectivo y quería alcanzarlo por lo que no llamó la atención del chofer.
Pero en Junín, la falta de comunicación con la remissería alertó a la telefonista temerosa de que su compañero estuviera siendo asaltado.
Sin dilaciones llamó a Comisaría Primera, pidió el teléfono de “la caminera” por la zona de Giles o Carmen de Areco y llamó y tras dar las señas particulares del auto, pidió que lo detengan y confirmen que todo estuviera bien.
Gracias a la atención de los uniformados, cuando vieron transitar el Peugeot lo pararon.
Hicieron bajar a los ocupantes, requisaron el baúl del rodado y se encontraron con una bolsa en cuyo interior había una importante cantidad de cheques pertenecientes a la empresa Unión Berkley.
Ellos también imaginaron que el presunto pasajero era un ladrón.
Se acercaron al remissero y le preguntaron: “En Junín, robaron en unión Berkley? La respuesta los dejó congelados. No, ahí hubo un homicidio”.
Así cayó José Luis Correa.
El aviso a la fiscalía y una comisión integrada por funcionarios policiales y judiciales se iba a trasladar a buscarlo.
Han pasado 26 años desde aquellos difíciles días.
Hoy Claudia hubiera tenido 51 años, pero no pudo ser.
Mientras tanto, hay una familia signada por la tragedia y una comunidad que no olvida.