A principios del siglo XX, el automóvil se había convertido en símbolo de modernidad
Los atropellos mortales eran cada vez más frecuentes, y los inventores buscaban soluciones ingeniosas para evitarlos.
Entre ellas surgió el Car Catcher, un dispositivo colocado en la parte frontal del coche que prometía “atrapar” al peatón antes de que impactara contra el vehículo. Consistía en una especie de red o plataforma que se desplegaba para recoger a cualquier persona que cruzara la calle distraída.
En teoría, sonaba como un avance. En la práctica, era un desastre. La física no estaba de su lado: a gran velocidad, el golpe seguía siendo letal y la red podía romperse. Para colmo, el sistema debía activarse manualmente por el conductor, lo que hacía mucho más lógico… simplemente frenar.
Alemania, Francia y Estados Unidos probaron inventos similares, con idéntico resultado: ineficaces y absurdos. El Car Catcher pasó a la historia como una curiosidad mecánica, más cercano a un truco de feria que a un verdadero avance en seguridad vial.