La sombra del silencio
El partido más importante de su vida no se juega en una cancha. No hay táctica que valga, ni cambio que altere el rumbo de este desafío silencioso. Miguel Ángel Russo, el hombre que dirigió con la pasión pintada en el rostro, el técnico campeón en Argentina y Colombia, está internado en su domicilio, enfrentando un delicado estado de salud que los médicos califican con la elocuencia severa de dos palabras: pronóstico reservado.
A sus 69 años, el DT de Boca Juniors vive horas críticas, lejos de los entrenamientos en Ezeiza y de la línea de cal. Su ausencia ya se hizo notar en los partidos ante Newell's y Defensa y Justicia, donde su lugar en el banco fue ocupado por sus asistentes. Pero su lucha trasciende los resultados. Es una pulseada contra un enemigo invisible que lo viene acechando: primero fue una infección urinaria que requirió internación a fines de agosto; luego, un cuadro de deshidratación tras el empate con Central Córdoba que lo llevó nuevamente a la clínica.
En medio de la incertidumbre, el mundo del fútbol decidió no guardar silencio. Desde la cúpula de la AFA, con su presidente Claudio "Chiqui" Tapia a la cabeza, replicando el parte médico con un "Mucha fuerza en este difícil momento, Miguel querido", hasta los clubes que marcaron su carrera. Estudiantes de La Plata, donde forjó su leyenda como jugador y técnico, le envió un mensaje cargado de emotividad, secundado por su presidente, Juan Sebastián Verón, con una foto de aquella época gloriosa.
La ola de apoyo cruzó fronteras. Desde Chile, Universidad de Chile recordó con cariño su paso. Desde Paraguay, Cerro Porteño sumó su voz. Y desde Colombia, Millonarios de Bogotá, el club con el que se consagró campeón, rescató una de sus frases más emblemáticas, aquella que gritó al vencer al cáncer: "Todo se cura con amor". Hoy, esa frase se convierte en una plegaria colectiva.
La última imagen pública de Russo quedó grabada a fuego: un abrazo sincero con Juan Román Riquelme en un entrenamiento, un gesto de apoyo institucional que ahora adquiere un valor profético. Mientras el fútbol sigue girando, Miguel Ángel Russo libra su batalla personal, rodeado del cariño de un país que, más allá de los colores, hoy se viste de una sola camiseta: la de la esperanza.