Marcos Patronelli, la leyenda silenciosa: entre el rugido de Interlagos y el eco imborrable del Dakar
Camina como uno más. Pasa desapercibido entre ingenieros, periodistas y el hormigueo de la Fórmula 1 en el autódromo de Interlagos. Pocos voltean a verlo, pocos reconocen en ese hombre de paso tranquilo y semblante sereno a una de las figuras más arrolladoras y ganadoras que el deporte argentino haya parido. Es Marcos “Loquillo” Patronelli, el rey indiscutido de los cuatriciclos en el Dakar, con tres coronas grabadas a fuego y sudor. Está en San Paulo para alentar a Franco Colapinto, pero la conversación inevitablemente deriva hacia las dunas, el polvo y esa “locura imparable” que fue su época dorada.
A punto de cumplir 46 años, a una década de su última victoria, Patronelli admite con una mezcla de paz y nostalgia: “El Dakar es parte de mi vida y se extraña, hasta el último día que esté va a estar ahí”. El retiro, aquel que nunca anunció oficialmente junto a su hermano Alejandro, hoy se siente definitivo. “Llegamos casi a los cuarenta arriba del cuatri, es un deporte de mucho riesgo y no podíamos pedirle más. Si bien nunca nos retiramos, la verdad es que cada día lo veo más lejos”. La vida lo ancló a otras pasiones: la empresa familiar de acoplados en Las Flores y la crianza de sus dos hijos pequeños.
Sin embargo, el deseo late. “Tenemos muchas ganas con Ale”, confiesa, pero la realidad es un muro. La categoría que los vio reinar, la de los cuatriciclos, fue eliminada por la organización. Volver en otro vehículo, como los UTVs, no lo seduce. “No me llama la atención. Nosotros somos, humildemente, buenos arriba del cuatri. Por eso también digo que es como una separación, ya está, se terminó”. Hay una pizca de amargura al hablar de la extinción de su reino: “Es una lástima”. Él, que necesita “dominar” lo que monta, no se adapta a la lógica de un UTV. Su cuatriciclo personal duerme “a ojo” en el circuito de su casa, despertando sólo para alguna vuelta ocasional con amigos.
Su mirada se ilumina al recordar la fiebre del Dakar en Argentina. “Lo que se vivió fue único. La gente, el cariño y la pasión, no me voy a olvidar nunca. No sé si alguna vez en la historia se va a volver a vivir lo que fue esa locura total”. Esa locura que catapultó el apellido Patronelli al Olimpo nacional. “Dejamos marcado algo en la historia de la moto”, afirma con un orgullo tranquilo, pero contundente.
Desde su presente de empresario y padre, analiza con lucidez por qué Argentina sigue produciendo campeones en el Dakar pese a la distancia geográfica. “Los argentinos tenemos un país muy libre… tenemos muchos lugares libres para entrenarse arriba de un cuatri o una moto y ahí sacás diferencia”. Nombra a los Cavigliasso, a Benavides, a Andújar, y traza un común denominador: “Donde hay pasión, hay entrenamiento, hay ganas y ahí está el resultado”.
Revive, como si fuera ayer, su primera incursión en 2009, cuando sin experiencia en navegación le disputó la victoria al veterano Machacek. “Yo ni me daba cuenta… quería llegar y terminar”. De esa naturalidad nacieron luego sus tres títulos. “Obviamente que lo buscas, pero nos acompañó todo: el esfuerzo, el entrenamiento, la experiencia, la suerte… fue todo un espectáculo”. Y remata con una frase que define su esencia y la de una generación: “Los argentinos tenemos adrenalina y aquello fue una locura imparable”.
Hoy, Marcos Patronelli prefiere el silencio del trabajo en su fábrica y el ritmo de su banda de rock al rugido de las multitudes. Pero en cada curva de Interlagos, entre el olor a neumático quemado y nafta, el eco de sus hazañas en el desierto sigue tan vivo como la leyenda que, sin aspavientos, construyó a lomo de un cuatriciclo